Davinna no tenía la costumbre de escuchar conversaciones ajenas.
Aquella tarde tampoco había sido su intención.
Había bajado buscando a Gemma para preguntarle si había encargado algunas cosas que necesitaba para La Dolce Vite cuando escuchó la voz de Elio al otro lado de una de las puertas parcialmente entreabiertas del ala administrativa. Iba a continuar caminando hasta que una frase consiguió detenerla en seco.
—El compromiso será en dos noches —dijo Elio con su habitual tono profesional.
Davinna disminuyó el paso, sintiendo una súbita rigidez en la nuca.
No debería importarte —se dijo a sí misma, tragando saliva con dificultad.
Siguió caminando, obligando a sus pies a avanzar sobre la alfombra pesada.
—Sí. El señor Angelini quiere reforzar la seguridad porque la boda será dentro de dos semanas —continuó la voz del guardaespaldas.
Esta vez Davinna se detuvo por completo.
Durante unos segundos permaneció de espaldas a la puerta, mirando fijamente la pared de piedra mientras su cerebro terminaba de procesar el impacto de lo que acababa de escuchar.
Dos semanas.
Matthias se casaría con Bianca Vitale dentro de dos malditas semanas.
Sintió una presión incómoda y caliente en el centro del pecho, como si el aire se hubiera vuelto de golpe demasiado denso, y se obligó a soltar un suspiro prolongado antes de continuar. No pensaba quedarse allí parada como una estúpida, esperando escuchar detalles que no le correspondían. Mucho menos permitiría que Elio saliera y la encontrara pegada a una puerta como una mujer desesperada por saber cuándo se casaría un hombre que jamás había sido suyo.
Subió nuevamente las escaleras a pasos firmes, apretando los puños a los costados.
Dos noches para el compromiso.
Dos semanas para la boda.
—Perfecto —murmuró mientras entraba en su habitación.
Cerró la puerta con más fuerza de la necesaria, dejando que el chasquido de la madera retumbara en las paredes.
Había sabido que ocurriría. Matthias se lo había dicho personalmente, mirándola a los ojos con la arrogancia intacta: "Voy a casarme". No existía engaño posible. No le había prometido absolutamente nada y ella tampoco tenía derecho a exigirle que cambiara sus planes porque habían compartido una cama o porque estuvieran unidos por el destino.
Entonces, ¿por qué demonios dolía más saber la fecha exacta?
Davinna caminó hasta la cama y se dejó caer en el borde. Permaneció allí unos segundos, pasándose una mano temblorosa por la cara antes de soltar una risa amarga y sin humor.
El desgraciado no perdía el tiempo.
—Pues que te vaya muy bien, Matthias Angelini —soltó al aire, poniéndose de pie de un salto.
Se levantó otra vez, impulsada por una ola de rabia teñida de despecho.
No iba a llorar.
Tampoco iba a encerrarse en aquella habitación mientras Matthias preparaba su gran boda con la hija de Salvatore Vitale. Si él había decidido instalarla en una propiedad que parecía tener todo lo que una persona podía necesitar durante varias vidas, sería una estupidez de su parte no disfrutarla.
Después de todo, ella no había pedido estar allí.
Pero ya que la había metido en una jaula de oro, al menos utilizaría la piscina.
—Y puedes irte a la m¡erda —añadió en voz alta mientras abría las puertas de cedro del vestidor.

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