Salvatore Vitale terminó de revisar los documentos que tenía frente a él y dejó la pluma sobre la mesa. Habían pasado buena parte de la mañana hablando de asuntos que, para hombres como ellos, formaban parte inevitable de un matrimonio entre dos familias como las suyas. Habían establecido algunos acuerdos comerciales, hablado de seguridad y decidido cómo manejarían públicamente el compromiso una vez que ambas partes estuvieran conformes. Matthias había escuchado cada punto sin mostrar impaciencia. Había ido hasta allí dispuesto a cerrar el trato y Salvatore tampoco parecía interesado en prolongar innecesariamente algo que beneficiaba a los dos.
—Creo que hemos cubierto lo importante —dijo Salvatore mientras cerraba la carpeta.
Matthias acomodó uno de los gemelos de su camisa antes de asentir. La conversación había resultado como esperaba. Ninguno de los dos había intentado fingir que estaban negociando una historia de amor. Los Vitale obtendrían una unión con los Angelini y él tendría acceso a todo lo que el apellido de Salvatore podía poner sobre la mesa.
—Por mi parte, sí —respondió.
Salvatore permaneció callado durante unos segundos. Hasta ese momento había hablado como jefe de su familia, pero todavía existía una conversación que quería tener como padre. Bianca podía entender perfectamente el mundo en el que había nacido, pero seguía siendo su hija y no pensaba entregarla sin asegurarse de ciertas cosas.
—Voy a entregarte lo más preciado que tengo, Angelini —dijo finalmente.
Matthias levantó los ojos hacia él. No encontró nada extraño en aquella afirmación. Si algún día un hombre pretendía acercarse a su propio hijo, probablemente tendría que superar mucho más que una conversación. Incluso podía comprender la necesidad de Salvatore de dejar claras sus condiciones antes de aceptar definitivamente aquella unión.
—Lo sé. Por eso la elegí a ella —respondió sin titubear.
Salvatore pareció satisfecho con la respuesta. No esperaba romanticismo de Matthias ni necesitaba escucharlo jurar que amaría a Bianca para siempre cuando apenas se conocían. Prefería una respuesta concreta a una promesa que ninguno de los dos habría creído.
—Entonces comprenderás que, como padre, tengo la obligación de velar por ella —continuó.
Matthias apoyó un brazo sobre el sillón mientras sostenía su mirada. Habría desconfiado más de Salvatore si estuviera dispuesto a entregar a su hija sin preguntar nada sobre la vida que tendría después del matrimonio.
—Lo comprendería menos si no lo hicieras.
Salvatore asintió. Precisamente aquella clase de respuestas eran las que esperaba. Conocía la reputación de Matthias, sabía cómo dirigía a los Angelini y también conocía suficiente de su vida para no imaginarlo como un hombre que había pasado los últimos años esperando castamente a una futura esposa. Eso no le preocupaba. Había otras cosas que sí.
—Hay algo que me he cuestionado desde la fiesta de los Rinaldi —dijo después de una pausa.
Matthias no cambió de expresión. Había supuesto que tarde o temprano llegarían a ese punto.
—Habla.
Salvatore juntó las manos frente a él y decidió ir al asunto. No tenía sentido dar rodeos con un hombre como Matthias.
—La mujer que te acompañaba aquella noche. Davinna Allen.
Matthias mantuvo el rostro impasible. El nombre fue suficiente para traerle un recuerdo demasiado reciente: Davinna empujándolo después de que le robara un beso, sus ojos llenos de furia y el mordisco que todavía podía sentir si pasaba la lengua por el lugar exacto de su labio.
—¿Qué ocurre con ella? —preguntó.


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