Una semana después.
Había transcurrido una semana completa desde el día en que Matthias le comunicó a Davinna, sin el menor temblor en la voz, que se casaría con Bianca Vitale. Siete días enteros en los que la distancia entre ambos dejó de ser una cuestión de pisos o de pasillos para convertirse en una pared de concreto. Durante toda esa semana, Davinna no volvió a ver a Matthias. Ni una sola vez. Él no fue a buscarla a su habitación por las noches, no apareció de golpe en el umbral para acorralarla con esa presencia física que siempre lograba alterar su ritmo cardíaco, no intentó tocarla, no intentó besarla y no volvió a provocarla con esa sonrisa arrogante que solía desesperarla.
Tampoco apareció por La Dolce Vite, donde el ritmo habitual de las mañanas siguió su curso entre el olor a harina, mantequilla y café recién preparado.
Davinna escuchó algunos murmullos aislados a través de Gemma sobre lo ocupado que estaba el capo, sobre reuniones a puerta cerrada que se extendían hasta la madrugada y vehículos que entraban y salían del recinto a horas inadecuadas. Pero más allá de eso, nada.
Desde la perspectiva de Davinna, la ausencia prolongada de Matthias no era el respeto cabal a la prohibición estricta que ella le había impuesto al exigirle que jamás volviera a meterse en su cama si pensaba tomar esposa. Para ella, esa distancia limpia y absoluta significaba algo mucho más simple y doloroso: Matthias simplemente había elegido a Bianca. Estaba organizando su tablero, acomodando cada pieza en el lugar que le correspondía antes de la boda y, como era de esperarse, Davinna era únicamente uno de esos elementos que debían ser apartados para no entorpecer los asuntos importantes de la familia.
No pasó esa semana llorando encerrada entre cuatro paredes ni cayó en una depresión absurda. Su orgullo, moldeado a golpes durante años bajo la sombra de la familia Allen, le impedía semejante espectáculo. Continuó levantándose temprano, supervisó la producción de su pastelería con una disciplina de hierro y atendió los cambios de su propio cuerpo con una atención silenciosa. Estaba enfadada, dolida en lo más profundo por la frialdad con la que él había actuado desde el principio, pero sobre todo sentía la necesidad urgente de recuperar el control de su vida. Llevaba un bebé en el vientre y no pensaba permitir que las decisiones de Matthias Angelini terminaran convirtiéndola en un adorno sin voz dentro de un juego de poder que a ella no le pertenecía.
Finalmente, el día del traslado llegó sin previo aviso. Era una mañana fresca cuando Elio se presentó en el pasillo exterior de la habitación de Davinna con dos hombres de la guardia personal de la casa.
—Señorita Allen —dijo el hombre de confianza de Matthias con una inclinación de cabeza estrictamente formal—, todo está listo. Sus pertenencias serán trasladadas hoy.
Davinna, que terminaba de ajustarse un abrigo ligero sobre el vestido, se giró para mirarlo. Buscó de manera instintiva la figura alta de Matthias detrás de él, pero el pasillo estaba desierto. Matthias no había ido. Ni siquiera para esa transición se había molestado en dar la cara.
—¿Adónde? —preguntó Davinna, cruzando los brazos sobre el pecho y sosteniéndole la mirada a Elio con una frialdad impecable.
Elio no pestañeó. Su rostro permaneció neutro, entrenado para no revelar más de lo estrictamente necesario.

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