La respuesta cayó sobre Davinna confirmando sus peores sospechas. La lógica de Matthias era brutalmente transparente desde la perspectiva de ella: por supuesto que no iba a mantener a su “polvo” en la misma casa que a su esposa de alta cuna. La amante debía ser desplazada a una propiedad secundaria, convenientemente resguardada, para no molestar la imagen impecable del nuevo matrimonio de la mafia.
—El hijo que llevas en el vientre es un Angelini. Ya deberías saber que no dejaré que crezca lejos de su padre. Tú lugar sigue estando dentro de la mafia, porque la única forma en que se sale es la muerte.
Justo eso prefirió Davinna. Había sido estúpida al meterse con él en un inicio, ahora llevaba en su vientre a su hijo y tenía que soportar algo peor que lo que le hizo Valentino.
Maldito hijo de puta.
—No voy a ser la mujer de tu casa chica —dijo Davinna acercándose a él hasta quedar a pocos centímetros de su pecho, mirándolo desde abajo con unos ojos llenos de una dignidad indestructible—. Puedes encerrarme donde te venga en gana, Matthias. Puedes llenar la puerta de hombres armados, decidir qué casa te parece suficientemente segura y alimentar tu maldito complejo de capo. Pero hay algo que no puedes decidir por mí.
Matthias la observó en silencio, fascinado por la fuerza y el carácter que emanaban de ella incluso en el momento de mayor tensión.
—No voy a ser tu maldita amante —declaró Davinna con una firmeza absoluta—. Desde este momento, conmigo se terminó todo. No vuelves a tocarme. No vuelves a ponerme una maldita mano encima. Y mucho menos vuelves a meterte en mi cama. ¿Te queda claro?
No había súplicas en su tono. No estaba compitiendo con Bianca Vitale por un título ni exigiéndole que la eligiera a ella. Al parecer ella jamás sería suficiente para nadie. Simplemente estaba marcando una frontera que su orgullo de mujer jamás le permitiría cruzar.
Si era lo suficientemente lista, lograría escapar de esa vida.
Matthias la contempló durante varios segundos. Lejos de enfurecerse, una pequeña sonrisa arrogante, segura y profundamente provocadora se dibujó en la comisura de sus labios.
—Veremos —respondió él con un tono bajo que prometía tormenta.
Matthias estaba completamente convencido de que terminaría haciendo que Davinna cayera nuevamente en sus brazos tarde o temprano.
Davinna le lanzó una última mirada llena de desprecio, dio media vuelta y caminó hacia el interior de la mansión, dejándolo solo en el jardín.
Le temblaban las manos, se sentía impotente y lo peor de todo es que ahora no había forma de salir de ese lugar tan oscuro donde ella misma se había metido.
…
Una hora después, Matthias se encontraba en su despacho junto a Francesco y Elio.
—Preparen el traslado de la señorita Allen para la próxima semana —ordenó el capo a sus hombres, revisando un mapa de propiedades de la familia.
Francesco sacó su libreta de anotaciones.
—¿A qué propiedad secundaria la enviaremos? ¿A la villa del norte o al apartamento del centro financiero?
—A ninguno de los dos —interrumpió Matthias, levantando la vista—. Se instalará en la residencia principal de los Angelini.

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