Matthias se inclinó apenas un centímetro hacia él.
—Entonces deberías saber que si quisiera ajustar cuentas contigo, no necesitaría utilizar a tu hija. Te aplastaría a ti directamente y me cobraría cada centavo que perdí aquella vez con tu sangre.
La afirmación era absoluta. Para Matthias, la disputa con Claudio Allen era un asunto de hombres que no había resuelto porque hasta ahora no tenía motivos. Lo que decía era cierto, él no había participado. Su único delito había sido estar del lado opuesto al del capo. Estaba del lado enemigo, pero eso lo resolvería a su debido tiempo; Davinna no era una ficha en ninguna guerra. Era la madre de su hijo, una mujer que consideraba suya y que no permitiría que nadie —ni siquiera su propio padre— usara como argumento en un chantaje. Quizá ese si era un motivo válido para matarlo.
Sin añadir una sola palabra más, Matthias dio media vuelta y abandonó la biblioteca, dejando a Claudio solo con sus temores.
Matthias interpretó el papel de pareja con un nivel de detalle que comenzó a desbordar los límites del acuerdo. Le besó la sien a Davinna al salir, y la tomó de la cintura frente a la mirada atónita de Valentino y Donatella. Se inclinó y la besó en los labios con una posesividad lenta y deliberada que dejó a Davinna temblando contra su pecho.
Cuando finalmente caminaron lejos de la vista de los invitados, Davinna se soltó de su agarre y lo miró con los ojos entrecerrados.
—Te estás tomando demasiado en serio tu papel —murmuró, intentando recuperar el aliento.
Matthias la miró desde arriba con esa arrogancia imperturbable.
—Dijiste que tenía que ser convincente.
Davinna negó con la cabeza, sin poder evitar una leve sonrisa ante su descaro.
—Eres un buen actor, Matthias.
El capo la contempló durante un par de segundos que parecieron congelar la noche antes de responder con una calma helada:
—Lo sé —expuso, satisfecho de que Davinna diera la cara a los Allen, de que Claudio supiera que su hija estaba a su lado. Y también que aquella calma efímera había terminado.
…
Dos días después de la boda de Donatella, la atmósfera en la mansión Angelini se tornó densa. No había razón para postergar el anuncio de su futura boda, por esa razón, Matthias buscó a Davinna en el jardín privado de la propiedad durante la tarde. La chica se encontraba sentada en un sillón de teca, revisando unas notas de pedidos para la pastelería.
Cuando el capo se detuvo frente a ella. No traía rodeos, ni le dio vueltas a la situación con explicaciones innecesarias.
—Voy a casarme —anunció directamente, manteniendo la voz firme y la mirada fija en ella.
Davinna se congeló por completo. La pluma que sostenía en la mano quedó suspendida a un milímetro del papel. No lloró. No levantó la voz ni dejó escapar un solo gesto de histeria. Mantuvo la barbilla en alto, transformando el golpe brutal en un muro de orgullo impenetrable.
—¿Con quién? —preguntó con una voz tan limpia y helada que pareció extraída de otra persona.

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