—No provoquen a ese hombre —les advirtió Claudio en un murmullo feroz y cargado de pánico velado—. Ese tipo no juega bajo las reglas comunes. Si da una orden, borra esta familia del mapa antes del amanecer.
La envidia y el enojo comenzaron a carcomer por dentro a Donatella. Ella, la novia, la hija preferida que había logrado arrebatarle el prometido a su hermana, se encontraba de pronto eclipsada por completo. Davinna —a quien siempre consideraron inferior y la repostera sin futuro— había aparecido en la fiesta luciendo radiante, del brazo de un hombre que hacía que Valentino pareciera un simple muchacho insignificante en traje alquilado.
El resentimiento no tardó en salir a la superficie. Durante el banquete, Carlotta se acercó a la mesa de Davinna fingiendo una sonrisa amable.
—Es una lástima que tengas que pasar tanto tiempo de pie en tu pequeña pastelería, Davinna —comentó Carlotta en voz suficientemente alta para ser escuchada por las mesas vecinas—. Supongo que La Dolce Vite requiere que trabajes hasta el último día si quieres mantenerla abierta.
Davinna se dispuso a responder con su orgullo habitual, pero la voz de Matthias se le adelantó con la fuerza de un hachazo.
—La pastelería de Davinna se mantiene abierta porque es la mejor de la región —intervino el capo, sin molestarse en levantar la voz—. Y si decide trabajar o quedarse descansando en mi mansión, es una elección que solo le corresponde a ella. No tiene ninguna necesidad financiera. Estoy dispuesto a darle todo lo que necesite.
Carlotta se tragó el veneno, borrando la sonrisa de inmediato ante la mirada implacable del mafioso.
Poco después, durante la entrega de regalos, Donatella pasó cerca de ellos del brazo de Valentino. Miró a Davinna de arriba abajo con desdén y lanzó una estocada cargada de picardía maliciosa frente a varios invitados:
—Bueno, al menos me alegra ver que te recuperaste rápido, hermana. Ya sabes lo que dicen... cuando un hombre como Valentino te abandona, hay que buscar consuelo donde se pueda.
El silencio cayó sobre el grupo. Valentino bajó la cabeza, incómodo. Peor más que incomodo, estaba molesto, repudiaba la idea de que Davinna estuviera en la cama de ese hijo de puta, mientras él se casaba con Donatella. Davinna abrió la boca para poner a su hermana.
—Si no recuerdas. Lo encontré metido en tu cama. Yo no llamaría “abandono” a librarme de un hombre así —soltó con una calma destructiva—. Tuve suerte de no terminar en una boda con alguien como él. Lástima que ahora sea tu esposo —agregó Davinna. Dándose cuenta para su sorpresa que aquel malestar que le oprimía el pecho al recordar la escena y no estaba y eso le apremió.
—Por lo que tengo entendido —dijo Matthias, mirando a Donatella con un desprecio absoluto—, tu actual esposo se acostaba contigo mientras estaba comprometido con ella.
Los invitados contenidos ahogaron un jadeo de sorpresa y comenzaron a murmurar. Donatella se puso roja de rabia.
Matthias giró lentamente la cabeza hacia Valentino, quien parecía querer desaparecer bajo el suelo.

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