Davinna se quedó sola en la habitación. El silencio de la enorme casa era abrumador. Respiró profundo, apoyando una mano sobre su vientre para intentar calmarse. Sabía que perder el control no serviría de nada con un hombre como Matthias. Necesitaba pensar con la cabeza fría. Si aceptaba quedarse ahí por el momento, no era por resignación, sino porque entendía que no tenía otra opción.
Comenzó a recorrer el lugar. Al abrir el vestidor, descubrió con sorpresa que los cajones y ganchos estaban llenos de ropa. Había vestidos, prendas casuales y varios conjuntos diseñados para el embarazo. La presencia de esa ropa la incomodó profundamente: Matthias no había tomado una decisión impulsiva. Había organizando todo para encerrarla ahí.
Caminó hacia el baño privado. Sobre el lavabo encontró cepillos de dientes nuevos, cremas, cosméticos, batas y toallas apiladas. El lugar no parecía una suite de invitados, sino una habitación lista para convertirse en su nuevo hogar. Una fuerte sensación de angustia le oprimió el pecho.
Unos golpecitos en la puerta la sacaron de sus pensamientos. Abrío y encontró a una joven sirvienta de aspecto dulce.
—Buenas tardes, señorita Allen —dijo la muchacha con una sonrisa—. Me llamo Gemma. El señor me indicó que estaré a su disposición. ¿Necesita algo?
—Gemma, necesito hablar con Matthias de inmediato —pidió Davinna—. ¿Dónde está?
—El señor ya salió de la propiedad, señorita.
Davinna parpadeó, sorprendida.
—¿Cómo que salió? Si hace unos minutos estaba aquí.
—El señor Matthias suele salir casi todas las noches por trabajo. Es algo habitual por aquí; simplemente se va y nadie pregunta adónde va ni a qué hora regresa.
Davinna se quedó pensando en lo extraño que resultaba que un hombre abandonara su casa de esa manera justo después de secuestrar a alguien. Sintió un ligero mareo y se apoyó en la puerta.
—¿Podrías traerme un vaso de leche caliente? Me siento un poco mareada.
—Por supuesto. Voy a la cocina de inmediato.
En cuanto Gemma se alejó, Davinna salió al pasillo para intentar escapar. Caminó con cuidado mientras descubría la inmensidad de la mansión Angelini. Se perdió entre corredores largos, salones elegantes, obras de arte y jardines interiores. En el camino se cruzó con varios empleados, pero ninguno la trató como prisionera. Todos la saludaron con respeto, la llamaron "señorita Allen" y se hicieron a un lado para dejarla pasar. Esa actitud la desconcertó todavía más.

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