—No estaba celoso. Simplemente no me gusta que hombres que no conocen su lugar pongan las manos donde no les corresponde.
Davinna dejó escapar una risita suave que resonó con calidez en el interior del coche.
—Claro, porque tú solo estabas ejerciendo tu derecho de inspección comercial —provocó ella, girando la cabeza para mirarlo—. Admmítelo, Matthias. Te molestó que me sacara a bailar.
El capo se giró despacio hacia ella. La escasa luz de la calle le marcaba los ángulos duros de la mandíbula y la profundidad de las cuencas de los ojos.
—Me molesta que olvides que llevas a mi heredero —respondió con una seriedad aplastante—. Y me molesta que sonrías a extraños mientras estás bajo mi cuidado.
Davinna negó con la cabeza, demasiado agotada para engancharse en una discusión sobre sus absurdos instintos de propiedad.
—No soy de tu propiedad, capo —murmuró, aunque la firmeza de sus palabras fue perdiendo fuerza a medida que los párpados le pesaban cada vez más.
El silencio volvió a instalarse en el vehículo. Minuto a minuto, la resistencia física de Davinna cedió por completo al agotamiento. Su cabeza comenzó a inclinarse de manera progresiva hacia un lado hasta que, finalmente, terminó apoyándose de forma natural contra el hombro ancho de Matthias.
El capo se congeló por un segundo al sentir el peso cálido de la joven contra su cuerpo. Bajó la mirada lentamente. Davinna dormía con la respiración pausada y profunda, la frente descansando cerca de su cuello y las pestañas oscuras dibujando sombras sobre sus pómulos. Con un movimiento medido, para no sobresaltarla, Matthias levantó la mano derecha y apartó con sus dedos un mechón de cabello suelto que le cubría la mejilla.
La acomodó mejor contra su costado, dejando que el brazo de él le rodeara la espalda para sostenerla con firmeza y evitar que los vaivenes del coche la despertaran. Durante unos segundos, su palma grande y tibia descendió hasta posarse con una solidez protectora sobre el vientre de ella.
No había declaraciones de amor en su mente. Matthias no creía en las cursilerías ni en los sentimentalismos que debilitaban a los hombres de su estatus. No pensaba que estuviera enamorado ni se lo planteaba. Pero la sensación de tenerla allí, rendida y confiada contra su pecho, le producía una satisfacción oscura y profunda.


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