El calor del salón de los Rinaldi volvió a envolverlos en cuanto cruzaron el ventanal de la terraza, trayendo consigo el murmullo amortiguado del cuarteto de cuerdas, el tintineo constante de las copas de cristal y la fragancia densa de flores costosas mezclada con tabaco dulce. Davinna mantuvo la mano apoyada sobre la manga del esmoquin de Matthias, sintiendo la tela pesada y la solidez de su brazo bajo el tejido. Caminaba con la barbilla en alto, erguida y con esa elegancia innata que le pertenecía solo a ella, pero la tensión acumulada tras el episodio con Lorenzo Lombardo y la conversación posterior en el balcón exterior comenzaban a cobrarle una factura silenciosa.
Matthias adaptó su paso al de ella sin decir una palabra. No necesitaba romper el silencio para que su presencia marcara un perímetro absoluto a su alrededor; la mano que mantenía apoyada en la curva de su espalda baja ejercía una presión suave, un toque imperceptible pero constante que indicaba a cualquiera en el salón a quién pertenecía la mujer que caminaba a su lado. Sin embargo, mientras avanzaban entre los corrillos de empresarios y miembros de la alta sociedad siciliana, la atención del capo abandonó los rostros de los invitados para fijarse exclusivamente en los gestos de Davinna.
Notó cómo sus pasos se volvían un par de segundos más lentos. Observó el leve suspiro que ella intentó camuflar tras una sonrisa cortés hacia una pareja que los saludó al pasar, y la forma en que, de manera casi inconsciente, la palma de la mano de ella bajaba por un instante a presionar la zona lumbar para aliviar la molestia del peso que empezaba a exigirle el cuerpo.
Se detuvieron cerca de una de las mesas altas del ala este del salón. Matthias se giró por completo hacia ella, bloqueando con su espalda ancha la vista de los curiosos que aún mantenían los ojos fijos en la pareja.
—Estás cansada —no era una pregunta, sino la constatación de un hecho que sus ojos calculadores habían registrado con precisión.
Davinna levantó la mirada hacia él, encontrándose con esa tormenta oscura que eran sus ojos. Ajustó el talle de su vestido esmeralda y soltó un bufido imperceptible por la nariz, rechazando la idea de mostrarse vulnerable frente a un hombre que parecía inmune al agotamiento.
—Estoy embarazada, Matthias, no hecha de cristal —respondió ella, inclinando ligeramente la cabeza con una dignidad intacta—. El cuerpo me pide un descanso, nada que un par de horas de sueño no solucionen. No exageres.
Matthias no se dejó impresionar por el tono orgulloso de la chica. Bajó la mirada un segundo hacia la ligera curvatura de su vientre, apenas insinuada bajo la seda verde, antes de volver a clavar sus ojos en ella.
—Nos marchamos —sentenció, girando la mano para tomar la de ella con una firmeza que no dejaba margen a discusión alguna.
Davinna frunció el ceño de inmediato, deteniéndolo antes de que diera el primer paso hacia la salida principal.

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