Davinna lo observó a los ojos, sintiendo el impulso de sonreír al notar que sus celos eran demasiado evidentes como para disimularlos. No quería discutir; la cercanía de su cuerpo y el calor de su mano atravesándole la seda le provocaban un estremecimiento que prefería no analizar.
—¿La fiesta resultó como esperabas? —preguntó ella, cambiando de tema.
Matthias la miró a los labios y luego a los ojos. Sabía exactamente lo que había conseguido esa noche en el balcón.
—Sí —respondió con voz grave. Sus dedos se amoldaron con más presión a su espalda—. Cerré buenos negocios.
Davinna asintió, completamente ajena a la verdadera naturaleza de esa afirmación.
—Entonces espero que no tengas negocios más importantes el día de la boda de Donatella —recordó ella, mirando la pechera blanca de su camisa.
—No los tendré —aseguró él sin dudar.
—Recuerda nuestro acuerdo —insistió Davinna con una pizca de sospecha—. Tenemos que fingir que somos pareja frente a mi familia.
Matthias la estrechó un poco más contra su pecho, eliminando casi por completo el espacio entre ambos en medio de la pista.
—¿Qué haces? —susurró ella, sintiendo el corazón acelerársele.
—Practicando.
Davinna sonrió a su pesar, rindiéndose ante la efectividad de su presencia.
—Eres un buen actor, Matthias.
Él la sostuvo con la mirada durante dos segundos eternos antes de responder con una calma helada:
—Lo sé.
En la mente de Davinna, la frase se refería a la comedia que montarían frente a sus parientes en la boda de su hermana. Pero en la cabeza de Matthias, el significado era otro: acababa de interpretar el papel de un hombre atento y posesivo con ella, apenas unos minutos después de haber pedido la mano de otra mujer en el balcón.


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