La instalación había comenzado antes de que Davinna llegara a La Dolce Vite y, para media mañana, el interior de la pastelería parecía más un pequeño taller que el negocio ordenado que ella acostumbraba mantener.
Dos técnicos terminaban de conectar el enorme horno industrial mientras un tercero ajustaba las puertas de una vitrina refrigerada completamente nueva.
Davinna permanecía frente a esta última con las manos apoyadas sobre la cintura, observándola con una mezcla de incredulidad y satisfacción.
—De verdad envió una vitrina —comentó, pasando los dedos por uno de los bordes impecables del cristal.
El técnico que revisaba el sistema eléctrico levantó brevemente la cabeza.
—El señor Angelini ordenó reemplazarla —explicó mientras volvía a concentrarse en los cables—. Lo cual fue la mejor decisión, no tenía sentido conservar uno que tendría que cambiarse dentro de poco.
Davinna se sintió aliviada, ese horno era mejor que el que ella habría podido comprar sin comprometer sus ahorros. Abrió una de las puertas, examinó las bandejas interiores y escuchó atentamente mientras el instalador le explicaba las funciones del panel digital.
—¿Puedo programar temperaturas diferentes? —preguntó, acercándose al tablero para observarlo mejor.
—Hasta cinco programas consecutivos —respondió el hombre, mostrándole las opciones—. Y puede guardar las configuraciones que utilice con mayor frecuencia.
La sonrisa de Davinna apareció sin que pudiera evitarlo.
Aquello iba a cambiar por completo su producción.
—Es maravilloso —murmuró, recorriendo nuevamente el horno con la mirada.
—Eso espero. Costó una pequeña fortuna.
La voz grave detrás de ella hizo que Davinna se girara.
Matthias acababa de entrar.
Vestía un traje oscuro y llevaba el teléfono todavía en una mano. Elio permaneció cerca de la entrada mientras Matthias avanzaba por el local, guardándose el móvil dentro del saco.
Había alcanzado a verla antes de que ella se girara.
Y, durante unos segundos, se limitó a observar aquella sonrisa genuina que todavía permanecía en sus labios.
Algo en su propia expresión cambió.
Sonrió también.
—¿Te gusta? —preguntó al detenerse frente a ella, metiendo una mano en el bolsillo del pantalón.
Davinna volvió la cabeza hacia el horno.
—Muchísimo —reconoció sin intentar fingir indiferencia—. Es mejor de lo que esperaba.
Matthias dejó escapar una respiración satisfecha.
Había gastado una cantidad considerable en aquella máquina, aunque jamás habia sido un hombre que escatimara en gastos en cuanto a las mujeres; por supuesto que si había una que merecía mas que todas, esa era justamente la madre de su hijo.
Además, verla contenta hizo que el dinero le importara una m¡erda..
—Me alegra que ya tengas tu horno —dijo mientras acortaba la distancia que los separaba.
Su enorme mano encontró la cintura de Davinna con la naturalidad de quien ya se había acostumbrado a tocarla.
—Porque tengo ganas de comerme otro pastelito.
El tono provocativo hizo que Davinna levantara inmediatamente los ojos hacia él y elevara sus cejas.
—Compórtate —advirtió, aunque no hizo ningún intento por apartar la mano que permanecía sobre su cintura.
La sonrisa de Matthias se ensanchó apenas.
—Me estoy comportando.

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