A varios kilómetros de la mansión, en el corazón del distrito financiero de la ciudad, la actividad trascurría con un ritmo completamente distinto. Un edificio de fachadas de cristal y granito albergaba las oficinas centrales de una empresa de importaciones navieras que servía como la fachada perfecta para blanquear los millones de euros que movía la organización de los Angelini.
En el último piso, dentro de un despacho amplio de paredes amaderadas y grandes ventanales, el aire olía a cuero costoso y al aroma concentrado de un café expreso recien servido.
Matthias estaba sentado detrás de su escritorio. Vestía un traje de tres piezas ajustado a sus hombros anchos, sin una sola arruga visible. Frente a él, acomodado en un sillón de piel negra con la espalda inclinada hacia atrás, se encontraba Don Vincenzo, un capo siciliano de edad avanzada, de cabello blanco bien peinado y rostro surcado por arrugas profundas que delataban décadas de sobrevivencia en el crimen organizado.
—Escuché que vas a asistir a la recepción de los Rinaldi este sábado —dijo Don Vincenzo, sosteniendo una pequeña taza de porcelana entre sus dedos—. Ha pasado bastante tiempo, Matthias. La gente en el consejo está empezando a hablar.
Matthias no cambió la postura de sus manos, apoyadas sobre la superficie del escritorio. Mantuvo la mirada fija en el anciano sin parpadear.
—Que la gente hable no es nada nuevo, Vincenzo —respondió el capo con voz baja—. Sabes que no me interesan los rumores de los salones.
El anciano dejó la taza sobre el plato de loza con un chasquido seco que resonó en el despacho. Suspiró, acomodándose la corbata con una mezcla de cansancio y autoridad paternal.
—Han pasado dos años desde la muerte de Leonel —continuó Vincenzo, endureciendo un poco el tono—. La familia necesita estabilidad. Un hombre en tu posición no puede permitirse gobernar un territorio tan grande sin una estructura sólida detrás. Preocupa que aún no tengas una esposa legítima ni un heredero que asegure la línea de sucesión de los Angelini. Un capo sin familia es un blanco fácil para los que creen que el mando terminará cuando tú cierres los ojos.

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