Cuando Davinna abrió los ojos por la mañana, la luz clara del sol cruzaba las cortinas de la habitación, iluminando las motas de polvo que flotaban en el ambiente. Se giró despacio entre las sábanas de seda gris, estirando una pierna hacia el lado donde poco antes se encontraba el cuerpo caluroso de Matthias. El colchón estaba frío y completamente vacío.
Se incorporó apoyándose en los codos y la sábana cayó hasta su cintura, dejándola al descubierto en medio de aquella cama enorme. La piel le escocía con una sensibilidad eléctrica, un recordatorio de las horas anteriores, del peso de sus manos y de la fuerza con la que se había clavado en ella. Miró la mesa de noche. Junto a un vaso de agua medio lleno, descansaba un frasco de vidrio ámbar con una etiqueta blanca: las vitaminas prenatales que el médico le había recetado. Matthias no le había dicho una sola palabra al respecto, pero se había asegurado de dejárselas al alcance de la mano antes de marcharse sin hacer ruido.
Davinna soltó una pequeña bocanada de aire, pasándose las manos por la cara para espabilarse. Todavía intentaba asimilar el descaro con el que había terminado cediendo a sus deseos y a la promesa de un nuevo equipamiento para la pastelería, cuando la puerta de la habitación se abrió tras dos golpes breves y educados.
Gemma entró sosteniendo sobre los brazos un vestido de algodón beige y una bandeja con fruta picada. Al ver a Davinna desnudada de la cintura para arriba, intentando cubrirse apresuradamente con la sábana hasta el barbilla, la sirvienta detuvo sus pasos junto a una pequeña cómoda cerca de la ventana.
—Buenos días, señorita Davinna —saludó Gemma, dejando la ropa doblada sobre la madera y girándose con un plato de cerámica blanca—. Le traje algo de comer. El señor Angelini dio órdenes estrictas de que no bajara a desayunar hasta que se sintiera completamente descansada.
Davinna apretó la sábana contra su pecho, sintiendo cómo el calor le subía de golpe por el cuello hasta las mejillas. La idea de que el personal de la casa supiera lo que había ocurrido entre aquellas cuatro paredes la llenaba de una turbación difícil de disimular.
—Gracias, Gemma... No era necesario —murmuró Davinna, intentando recuperar la compostura mientras buscaba con la mirada el camisón que Matthias le había quitado de un tirón durante la madrugada.
Gemma observó la ropa interior tirada cerca de la pata de la cama y el camisón arrugado sobre la alfombra. Un brillo divertido le cruzó la mirada y una pequeña risita se le escapó entre los labios antes de disimular con una tos leve.

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