Mientras tanto, en la mansión Angelini, el ambiente era considerablemente más tranquilo, aunque cargado de una tensión diferente.
Davinna había tenido que cerrar La Dolce Vite a las cuatro de la tarde porque el termostato del horno finalmente colapsó, dejando la temperatura en cero y amenazando con arruinar las masas elaboradas durante el día. Por suerte, había logrado entregar la totalidad del pedido justo a tiempo.
Ahora se encontraba en la amplia cocina de la mansión. Hornear siempre había sido su método de escape cuando el estrés amenazaba con sobrepasarla. Sobre la isla de granito central tenía tazones con harina, azúcar, huevos frescos y una bandeja con fresas maduras.
De pronto, un cosquilleo en el paladar la hizo detenerse. Al ver las fresas dulces, sintió un rechazo repentino, casi una ligera náusea al imaginar el sabor empalagoso. Sin embargo, la vista de un limón amarillo sobre la cesta de frutas le produjo una saliva intensa en la boca. Tomó el limón, lo cortó por la mitad y exprimió el jugo sobre la mezcla de crema, agregando además una pizca de sal que normalmente jamás usaría en esa receta.
Sonrió para sí misma, tocándose el vientre plano de forma inconsciente por encima del delantal. El embarazo empezaba a manifestarse en esos pequeños y absurdos antojos que desarmaban toda su lógica pastelera.
Mientras batía la mezcla, la conversación de la mañana con Matthias volvió a su mente. El horno. Necesitaba ese horno industrial desesperadamente si quería mantener la pastelería a flote y expandir el negocio. Podía comprarlo ella misma, pero significaba liquidar gran parte de sus ahorros de emergencia.
Pero la parte más aterradora no era el aspecto financiero. Lo que realmente la perturbaba era la certeza interna de que quería aceptar la propuesta de Matthias no por la máquina, sino porque deseaba desesperadamente pasar otra noche con él.
—Valentino ya te rompió el corazón una vez —se recordó a sí misma con dureza, apretando el batidor de varilla—. Te utilizó, te mintió y te dejó. Matthias es diez veces más peligroso. Es un capo de la mafia, es dominante, es arrogante... y si te dejas llevar por lo que sientes, te va a destrozar.
Podía desearlo físicamente. Podía disfrutar de la electricidad que explotaba entre ellos cada vez que se tocaban. Pero no podía permitirse enamorarse del padre de su hijo. Sería un suicidio emocional. Sobre todo cuando ni siquiera existía una relación de por medio. Ella no era más que la madre de su heredero.
—Veo que te gusta mantenerte ocupada —dijo una voz femenina desde la entrada de la cocina.
Davinna se giró despacio. Devora estaba apoyada en el marco de la puerta, vistiendo un traje elegante de tono marfil que acentuaba su silueta estilizada. Tenía una sonrisa educada en los labios, aunque sus ojos reflejaban una distancia helada.
—Cocinar me relaja —respondió Davinna con tono neutro, volviendo a su trabajo sin mostrarse intimidada.
Devora caminó lentamente hacia la isla de granito, observando los ingredientes desplegados.
—Ya veo que no perdiste tiempo en ir a contarle a Matthias lo del beso de anoche —comentó con soltura, como quien habla del clima.

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