Matthias desplazó la mirada hacia el bartender.
—¿Y tú?
El bartender comenzó a llorar en silencio, negando con la cabeza.
—Yo no puse nada en su bebida, se lo juro. Pero tengo a mi madre enferma y esta mañana recibí un deposito a mi cuenta solo para que me fuera unas semanas de la ciudad y destruyera el teléfono al instante. Le juro que no hice nada.
Matthias lo escuchó sin parpadear. La confesión confirmó lo que ya sospechaba: no había sido un error ni una coincidencia. Fue un ataque directo y estaba claro que esos idiotas solo estaban siguiendo indicciones sin sospechar en las consecuencias.
La pregunta seguía siendo quién era el responsable.
—Entiendo —murmuró Matthias.
Dio media vuelta y empezó a caminar hacia la salida del taller. Sicario bajó de la tubería de un salto y se colocó justo a su lado, siguiendo sus pasos con tranquilidad.
—Señor, por favor... ¡tengo hijos! —gritó el bartender a sus espaldas.
Matthias ni siquiera miró hacia atrás. Levantó la mano derecha y rozó apenas el aire con dos dedos, haciendo un gesto casi imperceptible hacia sus hombres.
—Mátenlos —ordenó a Francesco con voz neutra, como si estuviera pidiendo que ordenaran el papeleo del escritorio—. Y asegúrate de que no quede ni un solo rastro de esa m****a.
Antes de que cruzara el marco de la puerta de metal, el sonido de varias detonaciones con silenciador resonó en el amplio espacio. Matthias no aceleró el paso ni encogió los hombros. Continuó caminando hacia su vehículo con la frialdad de quien acaba de deshacerse de una amenaza para la familia. En su mundo, colaborar con el enemigo para envenenar o vulnerar al capo se pagaba con la vida. Sin excepciones.
La camioneta negra avanzaba a velocidad constante por la carretera costera que conducía de regreso a la zona residencial de la isla. El trayecto era oscuro, bordeado por acantilados a un lado y densa vegetación al otro.
Matthias viajaba en el asiento trasero, revisando unos documentos en su teléfono móvil. De pronto, sus ojos se desviaron hacia el espejo retrovisor lateral.
Un sedán gris oscuro se mantenía a cuatro vehículos de distancia. Nada extraño a simple vista en una arteria principal.
—Francesco —dijo Matthias sin levantar la voz.
El consigliere, copiloto en el vehículo, giró la cabeza.
—¿Sí?
—Toma el desvío hacia la antigua cantera en el próximo cruce.
El conductor obedeció de inmediato, accionando la direccional y girando por una carretera secundaria menos transitada y con escasa iluminación.
Matthias no quitó los ojos del espejo. Dos segundos después, el sedán gris realizó la misma maniobra, incorporándose al camino solitario tras ellos.
—Nos siguen —comentó el capo con serenidad.
—¿Quieres que los interceptemos con la camioneta de apoyo? —preguntó Francesco, alcanzando la pistola que llevaba bajo la chaqueta.
—No —respondió Matthias, apoyando el codo en la ventanilla y sujetándose la barbilla con gesto pensativo—. Ahora quiero saber quién es y qué pretende.
Avanzaron dos kilómetros más hasta llegar a una curva cerrada rodeada de muros de piedra. El conductor de Matthias aceleró repentinamente, derrapando sobre la grava para atravesar el vehículo pesado en mitad del camino, bloqueando por completo el paso. La segunda camioneta de la escolta Angelini, que los seguía a distancia corta, cerró la vía por detrás, dejando al sedán gris completamente encerrado en un cuello de botella.

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