Davinna sostuvo la mirada de Matthias sin pestañear. La desfachatez con la que acababa de proponerle un horno industrial a cambio de pasar una noche en su cama debería haber bastado para que lo mandara al demonio sin pensarlo dos veces.
—No quiero —dijo simplemente.
Matthias no pareció sorprendido. Tampoco molesto. Permaneció frente a ella con aquella seguridad irritante que parecía acompañarlo incluso cuando las cosas no salían exactamente como quería.
—Piénsalo.
Su mirada pasó brevemente hacia el horno antes de regresar a ella.
—Eres una mujer inteligente, Davinna. Sabes lo que un equipo así puede hacer por tu negocio. Más producción, pedidos más grandes y ninguna jornada perdida porque esa cosa —señaló con desdén el horno descompuesto—, decida dejar de funcionar.
Davinna apretó ligeramente los labios.
No necesitaba que Matthias le explicara las ventajas. Las conocía mejor que él. Un horno industrial de alta gama cambiaría por completo la dinámica de La Dolce Vite, sobre todo ahora que comenzaban a llegar pedidos más grandes.
Y Matthias lo sabía.
El muy desgraciado había encontrado dónde presionar.
No necesitaba llamarlo chantaje para reconocerlo. La propuesta estaba construida para que la balanza pareciera ridículamente inclinada a su favor: una inversión que ella tardaría meses en poder hacer sin tocar buena parte de sus ahorros a cambio de algo que Matthias sabía perfectamente que tampoco le resultaba indiferente.
—Lo que te estoy pidiendo no es nada comparado con el beneficio que vas a obtener —añadió él con tranquilidad.
Davinna mantuvo sus ojos sobre los suyos, negándose a darle una respuesta diferente.
Matthias tampoco insistió. Consultó el reloj de su muñeca y se acomodó el puño de la camisa.
—Tengo algunas reuniones. Te veré en la mansión.
Dio un paso atrás.
—Piénsalo. Pastelito.
Eso fue todo.
No intentó convencerla nuevamente ni esperó otra respuesta. Se volvió hacia la salida y, al pasar junto al mostrador, alargó la mano y tomó uno de los pastelitos de crema y frutos rojos de la bandeja terminada.
Davinna siguió el movimiento con los ojos.
—Ese pertenece al pedido de un cliente.
Matthias ya le había dado un mordisco.
Masticó sin ninguna prisa y, antes de continuar hacia la puerta, volvió el rostro hacia ella.
—Sabe tan dulce —sus ojos descendieron un instante hacia su boca —, igual que tú.

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