—Elio trabaja —contestó Matthias, rodeando lentamente el mostrador hasta quedar de su lado, rompiendo la distancia de seguridad—. Yo vine a comprobar que mi hijo siga donde debe después de todo el movimiento de anoche.
Un rubor ardiente le subió de golpe por el cuello a Davinna al recordar la intensidad con la que se habían entregado en la habitación, la forma en que él la había embestido y la manera en que habían follado hasta la madrugada. Sin embargo, apretó el paño en su mano y mantuvo la compostura.
—El bebé está perfectamente bien —respondió con voz firme, aunque la respiración se le aceleró ligeramente.
Matthias curvó la boca en una sonrisa confiada, arrogante y peligrosa.
—Es fuerte como su padre.
—Todavía es diminuto, Matthias. Apenas tiene unas semanas.
—Pero es un Angelini —sentenció él con esa seguridad arrogante.
Davinna negó con la cabeza, dejando el paño a un lado y volviéndose para encararlo.
Matthias la observó en silencio, divertido por la terquedad de la chica. No le creía ni una sola palabra. Recordaba demasiado bien el tono de sus gemidos, la forma en que le arañaba la espalda y cómo se apretaba a su cuerpo cada vez que él se hundía en ella. Sabía que volvería a follarla, no por el bebé ni por ningún compromiso absurdo, sino porque la deseaba con una rabia descontrolada que no sentía por ninguna otra mujer.
Entonces cambió el tema.
—Hablé con Devora.
Davinna sintió una pequeña punzada de tensión en el estómago, pero no dejó de mover las manos. Continuó acomodando unas cajas de cartón sobre la repisa para no demostrar cuánto le impactaba escuchar ese nombre.
—Pastelito —murmuró él, dando un paso más hacia ella, reduciendo el espacio a escasos centímetros.
Matthias sostuvo su mirada, volviendo a su tono serio y dominante.
—No recuerdo haberla besado, estaba drogado y lo que sea que haya ocurrido con ella no volverá a repetirse.
Davinna se detuvo un segundo, procesando la información. La idea de que Matthias se hubiera tomado el tiempo de encarar a la viuda le produjo un alivio inmediato en el pecho. No quería admitirlo, pero saber que él no sentía nada por Devora le quitó un peso amargo de encima.
—¿También te parece un error haberte metido en mi cama? —preguntó con reproche.
Matthias amplió una sonrisa.
—A ti te quiero coger drogado o en mis cinco sentidos. ¿Estás contenta? —afirmó él con una sonrisa de lado.
—Eres un depravado, estoy trabajando —soltó ella de inmediato, tomando un bote de canela.
—Hace un minuto también estabas trabajando y tenías otra cara —la provocó él, inclinándose un poco para quedar a su altura.
Davinna le dirigió una mirada severa, aunque la cercanía de su cuerpo y el olor a su colonia le estaban poniendo los nervios de punta.
Intentó ignorar la provocación y se giró hacia la zona de cocción. Encendió el interruptor del horno industrial secundario que usaban para las masas delicadas, pero el aparato emitió un chispazo, la luz interna parpadeó dos veces y la temperatura comenzó a bajar bruscamente en el indicador digital.
—Maldita sea —musitó ella, ajustando la perilla con frustración.

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