El crujido de la madera bajo las botas de Matthias resonó en el pasillo del ala este antes de que él pusiera un pie en el salón privado de la viuda. Caminaba con la espalda recta, la camisa negra abierta en el primer botón y esa postura pesada que obligaba a cualquiera a apartarse de su camino. Aunque el dolor de cabeza ya había cedido a un malestar casi lejano, las lagunas en su memoria seguían ahí, ásperas y molestas como una herida que no terminaba de cerrar.
Devora estaba junto al ventanal que daba a los jardines traseros, sosteniendo una taza de té que apenas humeaba. Llevaba un vestido oscuro de tela fluida que acentuaba sus curvas. Al escuchar los pasos de Matthias, se giró despacio, manteniendo una calma impecable que solo alguien entrenado en los pasillos de la familia Angelini podía sostener.
Matthias no se molestó en saludar. Fue directo al punto, deteniéndose a un par de metros de ella con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Davinna me dijo que anoche te besé.
La viuda no parpadeó. Sostuvo la taza con ambas manos, dejando que un matiz de ligera incomodidad le matizara el rostro. Sopló la superficie del té antes de responderle.
—Matthias... anoche no estabas bien. Llegaste fuera de ti, desorientado. Apenas podías articular palabra sin perder el equilibrio. Comprendo que no lo recuerdes.
—No me estoy justificando —la cortó él con una voz grave que no admitía rodeos—. Te estoy diciendo lo que me dijeron. Y te aclaro algo: no recuerdo haber puesto las manos sobre ti, ni mucho menos haberte besado.
Devora apretó sutilmente los dedos alrededor de la taza, pero su voz se mantuvo firme, teñida de una falsa comprensión.
—Fue un momento confuso. Estabas alterado, buscando a alguien, y cuando te acerqué la mano para intentar llevarte a un sillón, te me echaste encima. No te culpo, estabas ebrio. Yo misma me aparté porque entendí que no eras tú y que eso era incorrecto.
—Conozco perfectamente mis límites con el alcohol y no es fácil que me emborrache. Lo de anoche no fue whisky.
Devora alzó una ceja, manteniendo la vista fija en los ojos oscuros del capo.
—¿Qué estás sugiriendo?
—Te estoy diciendo que alguien alteró mi bebida —dijo él con una frialdad matemática—. Francesco ya está revisando las cámaras, los trayectos y a cada maldito perro que estuvo cerca de mí antes de regresar a la casa. Y lo que sea que haya ocurrido contigo, ocurrió porque no estaba en mis cinco sentidos. No volverá a pasar.
Matthias no se estaba disculpando; estaba trazando una línea divisoria con la misma autoridad con la que manejaba los negocios de la familia. Devora bajó la mirada hacia su taza por un segundo, asimilando la información sin dejar que el pánico asomara en sus facciones. Supo jugar sus cartas con astucia.
—Si realmente te drogaron, entonces la seguridad es una burla —respondió ella, volviendo a mirarlo con seriedad—. Será lo mejor que Francesco llegue al fondo de esto.
—Lo hará —aseguró Matthias, y la comisura de sus labios se elevó en una mueca dura, carente de cualquier rastro de humor—. Y cuando encuentre al responsable, deseará no haberlo hecho.
Devora sostuvo su mirada sin vacilar, manteniéndose serena.
—Me parece lo correcto.

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