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El Heredero del Arrogante Millonario romance Capítulo 41

El calor en la garganta de Matthias se sentía como si hubiera tragado brasas, pero la dosis no estaba completa. No se había tomado todo el whisky de la copa cuando el mono la tiró al suelo, y esa pequeña fracción de lucidez que le quedaba en la cabeza comenzaba a abrirse paso entre la niebla caliente de la droga. Sus sentidos estaban alterados, el pulso le retumbaba en los oídos como un tambor fuera de ritmo y una necesidad animal de descargar la presión en la entrepierna lo estaba volviendo loco, pero sabía exactamente a quién tenía enfrente. Olía a su jabón tan dulce como aquel aroma de sus pastelillos, su piel fresca. Era Davinna.

Con un gruñido bajo que le vibró en el pecho, Matthias la sujetó de las caderas antes de que ella pudiera dar un paso atrás. La levantó del suelo y caminó dos pasos hasta estamparla contra la pared junto al armario. El golpe hizo que a Davinna se le escapara un gemido de sorpresa, pero antes de que pudiera protestar, los labios de Matthias cayeron sobre los suyos con una brutalidad desesperada.

—Matthias... —trató de articular ella entre el choque de sus bocas, sintiendo la espalda pegada a la pintura fría y las manos enormes del italiano sujetándola por los muslos para mantenerla elevada. Ers obvio que no estaba en sus cavales. Pero joder, se sentía tan bien...

Él no contestó con palabras. Sus manos bajaron hasta el borde de la camiseta de Davinna y la tiró hacia arriba de un solo tirón, sacándola por su cabeza y dejándola caer en el suelo. Se quedó mirando sus pechos, el sostén de encaje que apenas contenía la forma firme de ese par de tetas que tanto había extrañado, agitados por la respiración rápida. Matthias bajó la cabeza y hundió la cara en el escote, aspirando su aroma mientras con los dientes enganchaba la tela del sostén para bajarla y dejar sus pezones al descubierto.

La boca caliente de Matthias rodeó uno de los pezones erectos una vez que le quitó la estorbosa tela y empezó a chupar con una fuerza que le sacó un brinco a Davinna. La sensación de la lengua rasposa y la succión directa le mandó una descarga eléctrica directo entre las piernas. Ella echó la cabeza hacia atrás, clavando las uñas en los hombros anchos de él, dejando surcos rojos sobre la piel sobrecalentada.

—Maldita sea, Davinna —murmuró él contra su piel, bajando las manos para quitar el short de ella y tirarlo hacia abajo junto con su ropa interior, dejándola completamente desnuda frente a sus ojos.

Matthias se apartó unos centímetros, con la vista fija en el cuerpo descubierto de la chica. Tenía las pupilas dilatadas, la cara sudada y la mandíbula tan apretada que los músculos le temblaban. Le tomó la mano derecha a Davinna, la bajó a la fuerza hasta su entrepierna y la obligó a envolver la protuberancia enorme que deformaba la tela de su pantalón.

Davinna ahogó un aliento. La erección de Matthias se sentía ridículamente dura, emitiendo un calor sofocante que atravesaba el tejido. Estaba tan rígido que parecía de piedra.

—Siente esto —le ordenó él en un murmullo denso, rozando su labio contra la mejilla de ella—. Siente lo que me estás haciendo. Necesito quitarme este maldito dolor antes de volverme loco.

A pesar de la urgencia salvaje que lo empujaba a romper su propia ropa y meterse en ella de un solo golpe, la cordura restante le impidió actuar como un bruto. Matthias bajó la mano libre hasta la entrepierna de Davinna. Deslizó los dedos por la parte interna de sus muslos hasta llegar a su centro, que ya estaba húmedo y caliente por la expectación. Hundió dos dedos de golpe dentro de ella.

Davinna soltó un jadeo fuerte en su boca, abriendo las piernas instintivamente para darle más acceso.

—Estás hirviendo, pastelito —dijo él cerca de su oreja, usando ese apodo en un tono áspero mientras sus dedos comenzaban a entrar y salir con un ritmo firme, abriéndola, preparándola para su tamaño.

—Tú... tú eres el que está como un demonio —logró responder ella con la voz entrecortada, agarrando la camisa de Matthias para tirar de los botones hasta hacerlos saltar por la habitación. Le empujó la tela por los hombros hasta dejar al descubierto el torso ancho. Se deleitó con sus pectorsles firmes. Y con esa V que se formaba sobre el pantalón.

Ansiaba liberar aquella verga dura que ya había sentido en su mano.

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