En lo alto del sillón, Sicario ladeó la cabeza. El animal emitió un chillido molesto, notando el gesto extraño de la mujer sobre el vaso de su dueño.
Matthias terminó la llamada a los pocos segundos, guardó el aparato, regresó al sillón y, sin sospechar absolutamente nada, se tomó la mitad del cristal de un solo trago.
Pasaron apenas cinco minutos.
Matthias comenzó a sentir un calor sofocante corriendo por su cuello. El pulso se le disparó de forma alarmante, una pesadez extraña se apoderó de sus párpados y una ola de excitación física irracional y fuera de control comenzó a golpear su cuerpo. Apoyó los puños sobre la mesa, confundido por la repentina falta de aire. Sabía que algo andaba mal, pero su cerebro no lograba coordinar las ideas con claridad.
Devora vio el efecto inmediato y no perdió el tiempo. Se aproximó a él, fingiendo preocupación:
—¿Matthias? ¿Qué te pasa?
—Tengo... demasiado calor —gruñó él, intentando aflojarse el cuello de la camisa con dedos torpes.
Devora se lanzó hacia él sin dudarlo. Le tomó el rostro con ambas manos y lo besó con desesperación en la boca, buscando forzar un contacto íntimo. Su lengua presionó contra la de él de forma descarada mientras deslizaba una de sus manos por el torso del hombre hasta llegar a su entrepierna. Con audacia desvergonzada, Devora le agarró el pene sobre la tela del pantalón y comenzó a frotarlo con firmeza. El efecto de la sustancia ardiendo en la sangre de Matthias hizo que su cuerpo reaccionara de inmediato a la estimulación física, poniéndose completamente duro contra la tela..
Matthias, sumido en una confusión brumosa y desorientado por el ataque de la droga, tardó varios segundos en reaccionar, incapaz de coordinar sus sentidos sobre quién lo estaba tocando. Por supuesto, él jamás habia tenido porque dudar de Devora. Cada secreto que ella conocía de loa Angelini había sido guardado con recelo. No tenía motivos para dudar de ella.
—Follame... Sé que quieres hacerlo —soltó con voz chillona e insistente. Tratando de guiarlo hasta el sofá. Pero el poco raciocinio que aun tenía el mafioso lo hizo empujarla por los hombros.
De pronto, un chillido agudo rompió el momento antes de que la mujer pudiera ir más lejos.
Sicario, alterado por la actitud extraña de Devora y el malestar de Matthias, saltó desde el sillón hacia la mesa auxiliar y de un manotazo tiró la copa de Matthias al suelo, haciéndola estallar en pedazos sobre el mármol.
—¡Maldito animal! —chilló Devora, soltando el agarre del pantalón de Matthias para intentarse apartar.
Pero el mono no se detuvo. Saltó sobre los hombros de Devora y comenzó a jalarle el cabello rubio con furia. La mujer comenzó a manotear en el aire, dando vueltas en círculos por la habitación mientras intentaba quitarse a la criatura de encima.
—¡Quítamelo! ¡Matthias, quítamelo! —gritaba Devora fuera de sí.
En medio del forcejeo, Sicario manoteó la mesa donde estaba el encendedor de metal de Matthias. Lo accionó torpemente mientras giraba y la pequeña llama rozó el borde inferior de la bata de seda de Devora. La tela sintética prendió una chispa instantánea.
Al ver el fuego en su ropa, Devora soltó un alarido de pánico absoluto, se desprendió del mono de un golpe y corrió a toda velocidad hacia el baño del pasillo para sofocar la llama con agua.
El salón quedó en silencio. Matthias, con la vista borrosa, el pulso desbocado y la erección dolorosa e incontrolable ardiendo en sus pantalones, apenas pudo registrar el caos que acababa de ocurrir. Apoyó la mano sana en la pared, se mantuvo de pie a duras penas y salió del salón tambaleándose, buscando desesperadamente el aire fresco de su habitación.

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