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El Heredero del Arrogante Millonario romance Capítulo 39

El corazón de Davinna dio un vuelco. Durante un instante sintió la tentación de desafiarlo para ver si era capaz de cumplir la amenaza en medio de un restaurante lleno, pero decidió que no le daría el gusto de perder el control tan rápido. Tomó una de las fresas más grandes con el tenedor y se la extendió directamente a la boca.

​—Cómete esto y cállate un rato —dijo ella con una sonrisa irónica.

​Matthias la miró de reojo, tomó la fresa con los dientes de la mano de ella y la masticó sin apartar los ojos de su cara.

​El momento se rompió de golpe cuando el teléfono personal de Matthias vibró con insistencia sobre la mesa de madera.

​Él echó un vistazo a la pantalla. La chispa de provocación que llevaba en el rostro desapareció instantáneamente, sustituida por una máscara de piedra. Descolgó y se llevó el aparato a la oreja sin emitir sonido.

​—Habla —ordenó.

​La voz de Francesco sonó al otro lado de la línea, distorsionada por el viento de fondo. Davinna notó cómo la postura de Matthias se volvía rígida como el acero.

​—Encontramos a uno de los hombres de la celda en Palermo —dijo Francesco sin rodeos—. Habló antes de que le rompiéramos las manos. Matthias... Su hermano no murió el primer día. Lo tuvieron cuatro días entero en un sótano en las afueras.

​Matthias no parpadeó. Sostuvo el teléfono con tanta fuerza que los nudillos de su mano buena se pusieron blancos.

​—¿Por qué? —preguntó en un hilo de voz helado.

​—Buscaban los códigos de tus cuentas en Suiza y la ubicación de los cargamentos que salían aquella noche. Le arrancaron las uñas, le quebraron las costillas una por una... Quería su nombre, señor Angelini. Querían que se entregara para salvarse él.

​Un silencio incomodo se instaló en la mesa. Matthias cerró los ojos un segundo. La imagen de Leonel soportando un infierno de dolor brutal durante noventa y seis horas para proteger la estructura de la familia y la vida de su hermano menor le atravesó el pecho como un estilete ardiente.

​—No les dijo nada —continuó Francesco—. Murió en silencio.

​—¿Quién dio la orden final? —preguntó Matthias. La frialdad en su tono era tan siniestra que la temperatura a su alrededor pareció caer drásticamente.

​—El ejecutor no lo sabe. Recibió el pago a través de un intermediario. Seguimos tirando del hilo.

​—Quiero a toda la familia de ese bastardo bajo tierra . No dejes que nadie salga vivo de la isla. Llego en veinte minutos.

​Matthias cortó la llamada. Apoyó el teléfono sobre la mesa y se quedó mirando un punto fijo en la balaustrada de la terraza. No hubo lágrimas, ni puñetazos contra la mesa, ni exclamaciones de furia. Simplemente se transformó en una estatua de hielo. La culpa de no haber llegado a tiempo y el hambre brutal de venganza se acomodaron en el fondo de sus ojos como un veneno negro.

​Davinna, que había seguido cada cambio en sus facciones con creciente inquietud, estiró la mano y rozó apenas su muñeca.

​—Matthias... ¿pasó algo?

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