Davinna caminó hacia la zona de vestidores llevando la prenda de seda entre los brazos. Se deslizó tras la cortina pesada y se despojó de su ropa con rapidez. Cuando se ajustó el vestido verde esmeralda y bajó la vista para subir el cierre, tuvo que reconocer la precisión del corte: el satén se adhería a su cintura sin apretar, caía en una curva fluida sobre sus caderas y marcaba su busto con una tentación innegable.
Afuera, Matthias permanecía de pie en medio del salón principal, ignorando por completo los murmullos temblorosos del personal. No sacó las manos de los bolsillos del pantalón ni dejó de emitir esa aura pesada mientras esperaba.
Cuando la cortina volvió a abrirse, el ligero roce de la tela atrajo la atención del italiano.
Davinna dio un paso hacia la luz del salón. El tono esmeralda hacía contrastar la calidez de su piel, moldeando su figura de una forma espectacular.
Matthias se quedó en silencio. Sus ojos oscuros recorrieron el cuerpo de Davinna despacio, empezando por el escote ajustado y descendiendo por la curva firme de su cadera hasta el bajo del vestido. Tardó varios segundos en volver a fijar su mirada en el rostro de ella, pero el brillo pesado y hambriento en sus pupilas delató sin rodeos la satisfacción del depredador ante lo que consideraba una visión impecable.
Sin decir una sola palabra, caminó hacia ella. Su figura alta y muscular eliminó de inmediato cualquier espacio entre ambos, obligando a Davinna a alzar el mentón. Matthias no se anduvo con rodeos: extendió la mano grande y vendada, rodeando la masa firme de sus nalgas para pegarla de golpe contra su pelvis, mientras con la otra mano ahuecaba uno de sus pechos por encima de la seda, apretando con posesividad.
—Es demasiado suave —murmuró él con voz grave y rasposa, fingiendo una evaluación objetiva mientras su pulgar rozaba el centro erguido de su pezón sobre la tela—. No quiero nada de tela áspera enfadando a mi hijo... ni privándome de esto.
Davinna ahogó un jadeo ante el descaro del toque, sintiendo el calor ardiente de sus palmas atravesar el vestido.
Maldito atrevido.
—El bebé mide el tamaño de un grano de arroz y está protegido tras varias capas de músculo, Matthias —respondió ella con una ironía afilada, aunque la respiración se le había agitado por completo—. Sabes perfectamente que solo estás buscando un pretexto para manosearme.
Matthias soltó una risa baja, un sonido grave y oscuro en su garganta. Volvió a apretar su nalga con firmeza, amoldándola contra su cuerpo con una lentitud provocadora.
—Y tú sabes que no necesito excusas para hacerlo —sentenció él.
Antes de que ella pudiera replicar, la mano de Matthias descendió unos centímetros más y le asestó una palmada sonora y atrevida sobre el trasero.
Davinna dio un pequeño brinco por la sorpresa y el tono de su cara cambió a un rojo intenso. Miró de reojo a las empleadas, que apretaron los labios disimulando la incomodidad de la escena. Habían presenciado todo...
—¡Matthias! Hay gente a medio metro —protestó en un murmullo indignado.
—Y aun me debes siete —recordó él con absoluta tranquilidad, acortando la distancia sobrante entre sus cuerpos.
Antes de que Davinna abriera la boca para discutir el conteo, la mano sana de Matthias se enredó con rudeza en la nuca de ella. La atrajo hacia su pecho con fuerza y capturó sus labios en un beso voraz, posesivo e intenso. No fue un toque ligero: abrió su boca a la fuerza con la suya, introduciendo la lengua con una demanda hambrienta y caliente que hizo que las rodillas de Davinna vacilaran por completo. Matthias la pegó aún más a su cuerpo, devorándole la boca sin piedad mientras su mano le apretaba la cadera. Davinna ahogó un gemido húmedo contra los labios del italiano; intentó mantener la compostura durante medio segundo, pero la ola de calor y el deseo acumulado terminaron ganando: enredó los dedos en el cuello del saco de Matthias, abrió la boca y le correspondió el beso con una pasionalidad salvaje, mordiéndole el labio inferior mientras sus lenguas se enredaban con fuerza.


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