Donatela le mostró el vestido verde que llevaba en las manos colocandolo encima de su ropa, pegandolo descaradamente a sus pechos
Matthias la observó de pies a cabeza con la fría distancia con la que se evalúa a un animal de carga.
—Déjalo, Davinna —dijo él secamente.
Donatella sonrió con superioridad, creyendo por un instante que el hombre le estaba sugiriendo que se quedara con la prenda.
—Sabía que alguien con buen gusto entendería que...
—Se le verá horrible de cualquier forma —la cortó Matthias sin alterar el tono de voz.
Un silencio incómodo aplastó la tienda. Donatella se quedó paralizada con la boca entreabierta, mientras el rostro de Carlotta se encendía de rabia.
—Solo mirala, es fea y más plana que una tabla —continuó Matthias, cruzándose de brazos y clavando la mirada en Donatella sin la menor piedad—. No tiene el cuerpo para llenar esa tela.
Davinna abrió los ojos sorprendida, teniendo que apretar los labios con fuerza para evitar que se le escapara una pequeña risa por la crudeza del ataque. Donatella se puso roja de la humillación, apretando el vestido contra sus manos.
Matthias ni siquiera parpadeó. Dirigió una mirada breve hacia Davinna y añadió:
—Tu te ves hermosa con todo... Aunque si te gusta ese vestido, tendré que quitarselo.
—¡Qué insolencia! —chilló Carlotta, dando un paso al frente para encarar a Matthias—. ¿Quién se cree usted para faltarle al respeto a mi hija? Tener un traje caro no lo convierte en un caballero. Exijo hablar con el encargado de este establecimiento inmediatamente. ¡No vamos a tolerar que un vago nos trate de esta manera!
Matthias ni siquiera se molestó en responderle. Una sonrisa helada y casi imperceptible se dibujó en la comisura de sus labios. Era obvio que ellas no sabían quien era, pero el padre de Davinna sí. Y Matthias prefirió guardar la sorpresa hasta que lo viera el día de la boda. Se inclinó ligeramente hacia Elio, que permanecía un paso atrás atento a la situación. Le murmuró una orden rápida en un susurro inaudible para las dos mujeres. Elio asintió con profesionalismo, sacó su propio teléfono y caminó unos metros hacia la entrada para ejecutar la llamada.
Carlotta continuó despotricando contra la mala atención, amenazando con destruir la reputación del lugar entre la alta sociedad de Italia. La encargada general salió presurosa de la oficina trasera hablando por un teléfono inalámbrico con el rostro completamente pálido.
—Sí... entiendo, signore. Inmediatamente —decía la mujer con voz temblorosa.
La encargada colgó, se limpió las manos sudorosas en la falda y caminó hacia Carlotta y Donatella con una postura rígida.
—Señoras, debo pedirles que entreguen las prendas que tienen en las manos y abandonen el local de inmediato —anunció la empleada con voz firme.
Carlotta se quedó estupefacta.
—¿Qué dice? ¡Somos clientas VIP desde hace años! Exijo una explicación.
—Instrucciones de la nueva dueña —respondió la encargada sin titubear—. A partir de este momento, ninguna prenda está a la venta. Por favor, retírense antes de que llame a la seguridad del edificio.
—¡Esto es absurdo! ¡Es una humillación! —protestó Donatella, lanzando el vestido verde sobre un sillón con furia—. ¡¿Quién demonios esa mujer?! ¿No sabe acaso quienes somos?
La encargada no respondió. Carlotta, temblando de coraje, giró la cabeza y miró a Matthias de forma despectiva ante la sonrisa divertida que no se negó a ocultar. Se le acercó unos pasos, encarándolo con rencor.
—No sabe cuanto dinero tiene mi marido, si lo deseo puedo hacer que lo arruine en un tronar de dedos —. ¿Quién se cree que es para reirse de nosotras?
Matthias borró cualquier vestigio de diversión de su rostro. Dio un paso hacia adelante, acortando la distancia hasta quedar a pocos centímetros de la mujer madura, inclinándose ligeramente para que solo ella pudiera escucharlo.

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