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El Heredero del Arrogante Millonario romance Capítulo 35

Matthias abrió la puerta de cristal del exclusivo local de alta costura, ubicado en una de las avenidas más distinguidas de Palermo. El frío del aire acondicionado los recibió junto al aroma suave a perfume floral que impregnaba el mármol del piso. Matthias llevaba el teléfono pegado a la oreja desde que bajaron del vehículo, escuchando en silencio las cifras que su contable le leía al otro lado de la línea sobre las pérdidas tras el incendio en el puerto, respondiendo solo con monosílabos breves mientras Elio caminaba dos pasos detrás de él, manteniendo la vista fija en la entrada.

Una empleada vestida con un traje sastre impecable se acercó con una sonrisa amable. Matthias apenas la miró; levantó un dedo indicándole que esperara y volvió la vista hacia Davinna, quien caminaba despacio entre los exhibidores observando las prendas colgadas con cierta reticencia.

—Elige lo que quieras —le dijo él en voz baja, cubriendo levemente el micrófono del teléfono con la mano grande y vendada..

Davinna se detuvo frente a un perchero de sedas y lo miró de reojo. No quería montar un espectáculo frente a los empleados, pero tampoco estaba acostumbrada a que un hombre gastara sumas absurdas en ella.

—Puedo comprar mi propio vestido —respondió ella con voz serena, manteniendo la calma.

—Lo sé. Pero este lo pago yo —contestó Matthias sin dar espacio a réplicas.

Se giró sobre sus talones y caminó hacia un corredor privado de la tienda que daba a un sala de descanso, continuando su llamada de negocios sin perder el tono grave y autoritario. Davinna suspiró profundamente. Discutir con él por algo así en ese momento le parecia desgastante. Aunque le incomodaba la situación, decidió concentrarse en buscar algo adecuado para la fiesta de los Rinaldi que según sabía, asistiría gente importante. .

Una joven dependienta se le acercó y le mostró con delicadeza una pieza espectacular de un catalogo. Era un vestido de satén, con un corte fluido y un escote elegante que capturaba la luz con sofisticación.

—Es una pieza exclusiva de diseñador que acaba de llegar esta mañana, signorina (Señorita) —le explicó la chica con amabilidad—. Si gusta, puedo pedir a alguien que se lo traiga en unos minutos para que sea la primera en medírselo.

—Me encantaría, muchas gracias —sonrió Davinna, agradecida por la atención.

Mientras la empleada caminaba hacia la zona posterior para colgar la prenda en el vestidor, Davinna se quedó revisando unos fulares de seda cerca de los mostradores. En ese instante, la campana de la entrada sonó y dos voces familiares resonaron en el salón. Davinna se congeló al reconocer la risa aguda y refinada de Donatella, seguida por los pasos firmes de su madre.

Carlotta Allen entró luciendo un sombrero elegante y un traje de dos piezas en tono crema que resaltaba su cabello rubio perfectamente peinado. A su lado, Donatella, con la misma melena rubia cayéndole en ondas sobre los hombros, avanzaba mirando los exhibidores con aire victorioso.

—Mamma, recuerda que el tono para las madres de los novios debe ser sobrio, no quiero que compitas con mi vestido de novia —decía Donatella justo antes de que sus ojos tropezaran con la figura de su hermana.

Carlotta se detuvo en seco al ver a Davinna. Recorrió a su hija menor con una mirada calculadora, deteniéndose en su ropa sencilla y la bolsa cruzada que llevaba sobre el hombro. Una mueca de desdén cruzó el rostro de la mujer madura.

—Vaya, qué sorpresa encontrarte aquí —soltó Carlotta, dando un par de pasos hacia ella sin ocultar la pesadez en su voz—. Espero que hayas mirado los precios antes de hacer perder el tiempo a estas señoritas. Vendiendo pastelitos no creo que puedas permitirte ninguno.

El comentario flotó en el aire con una crueldad abierta. Dos empleadas que acomodaban prendas a unos metros bajaron la mirada incómodas. Davinna sintió una punzada amarga en el pecho, ese familiar ardor de humillación que su madre siempre logrababa provocarle, pero apretó el bolso contra su costado y mantuvo la espalda erguida. No iba a darle el gusto de verla tambalear.

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