Davinna intentó mantener las manos firmes sobre los hombros de él para marcar distancia, pero la intensidad del contacto hizo que sus defensas cedieran más rápido de lo que le habría gustado admitir. Sintió un vuelco cálido en el vientre y terminó respondiendo al beso con la misma fuerza, pasándole los dedos por el cabello corto de la nuca. Mentalmente se culpó a sí misma, atribuyendo la repentina debilidad a las hormonas del embarazo, pero la atracción física entre los dos era tan evidente que le resultaba imposible ignorarla.
Matthias pegó el cuerpo de ella contra su pecho, amasándole las nalgas sobre la tela fina del short y frotándose contra ella con una lentitud calculada. Davinna soltó un gemido ahogado en su boca, sintiendo la dureza que se marcaba bajo el pantalón de él.
Cuando Matthias se separó unos milímetros para recuperar el aire, la miró con los ojos oscurecidos por el deseo.
—Quiero cambiar las reglas —musitó él, pasándole el pulgar por el labio inferior que había quedado hinchado—. El segundo y el tercer beso van a ser diferentes.
—Eres un maldito manipulador —respondió Davinna, respirando con dificultad, pero sin bajarse de su regazo—. Siempre quieres cambiar todo a tu conveniencia.
—Y a ti te encanta —provocó él.
Davinna apretó los dientes, sintiendo una rabia inmensa contra él y contra sí misma por lo mucho que la atraía a pesar de todo lo que representaba.
Sin pedir permiso, Matthias usó su mano sana para deslizar los dedos por debajo de la blusa del pijama, subiendo lentamente por su abdomen hasta alcanzar sus pechos. Davinna ahogó un jadeo cuando sus dedos apretaron uno de sus pezones erectos. Con el embarazo, sus pechos estaban infinitamente más sensibles, y el contacto firme de Matthias bordeaba la frontera entre el dolor ligero y un placer desmedido que le erizó la piel por completo.
—Matthias... —protestó ella en un susurro cansado, llevándose una mano a la cabeza mientras se frotaba casi de manera involuntaria contra la dureza del hombre.
Él volvió a besarla para sofocar sus quejas, apretándole los pechos con la mano sana mientras la mantenía cautiva sobre sus piernas. El ritmo de los besos se volvió más rápido, cargado de una tensión sensual que llenaba toda la habitación.
Se separó de nuevo, mirando la respiración agitada de la chica.
—Quítate el short —pidió él con voz baja y dominante—. Quiero sentirte sin eso.
Davinna frunció el ceño, recuperando un poco el control y negando con la cabeza.
—No. No voy a hacer eso.

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