Cuando Devora vio entrar a Matthias, notó de inmediato la tela del pañuelo completamente empapada en sangre fresca que le cubría la mano derecha.
El rostro de au cuñada se alteró de golpe. Bajó los escalones casi corriendo y se interpuso en su camino, intentando sujetarle la muñeca con ambas manos.
—¡Matthias! Déjame verla... por Dios, estás sangrando.
Matthias retiró el brazo con brusquedad antes de que ella pudiera tocarlo, dándole un paso de distancia.
—No es nada.
—Tienes la tela empapada, necesitas que te revise —insistió Devora, tratando de seguirlo mientras él caminaba hacia el pasillo—. Voy por el botiquín ahora mismo o llamo al médico de la familia, no puedes dejarte esa herida así...
—Dije que no —sentenció Matthias con voz firme, sin mirarla—. ¿Dónde está Davinna?
La pregunta cayó sobre Devora como un cubo de agua helada. Su expresión se endureció y se quedó rígida a mitad del corredor, apretando la bata a la altura del pecho.
—Seguramente está dormida —respondió con la voz tensa, llena de amargura.
Matthias no añadió una sola palabra. En lugar de subir a su propia habitación en el segundo piso, giró a la izquierda y caminó hacia la puerta del cuarto de Davinna. Devora permaneció de pie en medio del pasillo a medio iluminar, observando cómo él presionaba el pomo, entraba a la habitación y cerraba la puerta tras de sí. Sentía una presión opresiva en la garganta; minutos atrás, él ni siquiera había permitido que rozara su muñeca para ayudarlo, y ahora buscaba a la maldita embarazada a mitad de la noche.
Dentro de la habitación, el aire era cálido. Davinna descansaba de costado sobre las sábanas, profundamente dormida. Llevaba un pijama muy ligero de tirantes y short corto de algodón. Cerca de sus pies, Sicario dormía hecho una bola sobre un cojín.
Matthias se acercó a la orilla de la cama y se quedó de pie durante unos instantes, observándola en la penumbra. La respiración pausada de la chica y la calma del cuarto contrastaban brutalmente con el humo y la violencia de los que acababa de salir. Estiró la mano izquierda —la sana— y rozó con la yema de los dedos la piel descubierta de su muslo.
Davinna se movió incómoda, frunciendo el ceño sin abrir los ojos del todo.
—Sicario... déjame dormir —murmuró con la voz adormilada.
—Quiero tres —dijo Matthias con voz baja y rasposa, acariciando deliberadamente cerca de sus nalgas.
Davinna entreabrió los ojos, confundida por el tono grave de la voz. Parpadeó varias veces hasta que la silueta alta del hombre se enfocó sobre ella.
—¿Tres qué? —dijo sin comprender del todo lo que estaba pasando.
—Besos.
Davinna tardó unos segundos en procesar lo que estaba escuchando, tallandose los ojos con el dorso de la mano.
—¿Ahora? ¿Sabes qué hora es?
Se incorporó un poco sobre los codos para mirar el reloj de la mesita de noche, pero al bajar la vista hacia el cuerpo de Matthias, descubrió el pañuelo rojo y empapado envuelto en su mano derecha. Se despabiló de golpe, abriendo los ojos de par en par.
—¿Qué demonios te pasó?
—Un corte en el puerto, no es nada —respondió él, sin la menor importancia.

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