Las tres camionetas avanzaban a velocidad constante por la carretera que dejaba atrás las luces de Palermo, internándose en las zonas industriales de las afueras. En el asiento trasero del primer vehículo, Matthias se mantenía en silencio, mirando por la ventana hacia los paisajes oscuros de la costa siciliana.
A su lado, Francesco Martini sacó una pequeña agenda de piel y una pluma, acomodándose los lentes redondos sobre el puente de la nariz con la punta del dedo índice. A sus cuarenta y nueve años, Francesco conservaba una contextura impecable; los hombros anchos y el torso musculoso que se adivinaban bajo el saco de corte impecable contrastaban con su cabello castaño corto, que empezaba a pintarse de canas en las sienes. Sus facciones marcadas y la expresión calmada le daban una apariencia madura e intelectual, casi la de un profesor universitario, una imagen que encubría a la perfección al hombre que movía los hilos contables de la organización más peligrosa de la isla.
—Los hombres que están adentro del club pertenecen a la red de suministro del puerto —explicó Francesco, ajustando la montura de sus lentes mientras hojeaba la libreta con calma—. Sabemos que facilitaron tres vehículos con placas falsas y entregaron dinero para asegurar que la bodega número cuatro quedara sin vigilancia antes del incendio.
Matthias no cambió de postura. Sostuvo la mirada fija en el pavimento mojado que se abría frente a los faros de la camioneta.
—¿Estás seguro de que todos están reunidos ahí? —preguntó con voz baja.
—Elio envió a Giannino hace dos horas —respondió Francesco, guardando la libreta en el bolsillo interior del saco—. Hay al menos seis personas en el área privada del fondo. No fueron los autores intelectuales, Matthias. Solo cobraron por prestar la logística. Podríamos sacar a algunos con vida. Tal vez sepan quién los contrató.
La caravana redujo la marcha y se detuvo a un costado de una calle estrecha y mal iluminada. Frente a ellos se levantaba un edificio bajo de fachada descascarada, con un letrero de neón parpadeante que anunciaba un local sin nombre. Varios vehículos de gama media estaban estacionados en la entrada.
Matthias miró el club desde el automóvil antes de contestar.
—Quien los contrató necesita recibir un mensaje de mi parte, no un interrogatorio.
Bajó del vehículo sin esperar a que le abrieran la puerta. Francesco lo siguió a corta distancia, dando una indicación silenciosa con la mano a los hombres armados que bajaron de las otras dos camionetas. Los escoltas se desplegaron con rapidez para bloquear las dos salidas de la calle y asegurar la puerta trasera del inmueble.
Antes de que alcanzaran la entrada principal, un sujeto salió precipitadamente por la puerta lateral tratando de acomodarse la chaqueta, mirando aterrorizado hacia los lados. Dos de los hombres de Matthias lo taclearon contra el suelo de grava, inmovilizándolo contra el muro de ladrillo.
Matthias caminó despacio hasta quedar frente al hombre que respiraba agitado sobre la tierra. Se inclinó levemente y lo miró sin alterar la voz.
—¿Cuánto les pagaron por ayudar a atacar a los Angelini?
El hombre tragó saliva, temblando mientras intentaba levantar la cabeza del suelo.
—Cincuenta mil euros... solo fueron cincuenta mil —balbuceó aterrado—. Nos dijeron que solo querían quemar mercancía, nada más.
Matthias soltó una carcajada corta, carente de cualquier humor, y negó lentamente con la cabeza.
—Muy barato vendieron sus vidas.
—¡Nosotros solo pusimos las camionetas! —suplicó el tipo, intentando aflojar el agarre de los escoltas—. No sabíamos qué pretendían hacer ni a quién respondían en verdad, pero puedo darte el número del intermediario. Puedo darte nombres, datos...

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