Davinna se le quedó mirando, totalmente desencajada por la frialdad de sus palabras.
—¿Estás hablando en serio?
Matthias no pestañeó. Su rostro era una máscara rígida de advertencia.
—No quiero nada con Valentino —aclaró ella con rabia, sintiendo cómo la indignación le superaba el temor—. No voy a volver con él ni me interesa en lo más mínimo. Pero eso no te da ningún derecho a decidir quién se me acerca o con quién hablo.
—No puedo decidir quién se acerca —aceptó Matthias, acortando la distancia que los separaba hasta que su aliento le rozó la mejilla—. Pero mientras lleves a mi hijo en el vientre, no tendras la verga de ningun hijo de puta adentro.
—Mi embarazo no te convierte en el dueño de mi cuerpo —soltó ella, mirándolo retadora.
—Tú eres mía tanto como ese hijo, y nadie va a meterse en tu cama —respondió él sin alterarse un solo milímetro.
—Estás enfermo —musitó ella, negando con la cabeza.
—Eso ya me lo habías dicho —recordó él, bajando la mirada un segundo hacia los labios de Davinna antes de volver a sus ojos.
—¿Y tú sí puedes besarme y tocarme cuando quieras? —atacó ella, señalando la evidente contradicción.
—Yo soy el padre —sentenció Matthias como si esa simple frase justificara cualquier límite cruzado.
Davinna lo miró con incredulidad, asqueada por su razonamiento, pero no se amedrentó.
Matthias no se tomó la molestia de defenderse ni de cambiar de parecer. Desde el momento en que Francesco le había entregado el expediente bancario de los Ferraro, Matthias ya había decidido asistir a esa boda.
Quería verle la cara al desgraciado. Quería mirar de cerca al sujeto que había estado comprometido con Davinna, entender qué demonios le había visto ella y disfrutar del momento en que Ferraro la viera llegar del brazo de un hombre que podía aplastar a su familia entera con un chasquido de dedos. Y, por encima de todo, quería cruzarse con Claudio Allen, el padre de Davinna, con quien mantenía una rencores antiguos que aún no estaban saldados.
Había conseguido diez besos de Davinna y su compañía para una recepción oficial de la familia a cambio de ir a un lugar al que ya pensaba asistir de todos modos. La satisfacción de la victoria se reflejó en un leve destello en su mirada.
Matthias consultó el reloj de pulsera y soltó un corto murmullo.
—Tengo que salir. Hay aauntos que resolveré. No voy a regresar esta noche.
Se giró hacia la salida, pero antes de cruzar el marco de la puerta, se detuvo y miró a Davinna sobre el hombro.
—Dejaremos el cobro de mi pago para cuando vuelva.
Matthias bajó la vista hacia el suelo, donde Sicario lo observaba con curiosidad, y luego miró a la chica.

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