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El Heredero del Arrogante Millonario romance Capítulo 28

Esa noche, la mansión Angelini respiraba una calma engañosa. Las luces cálidas de las lámparas caían sobre la madera oscura del salón privado.

​Davinna estaba sentada en la esquina de un sofás de cuero, con una manta ligera sobre las piernas para protegerse del aire fresco. A su lado, Sicario permanecía extrañamente quieto, acurrucado junto al cojín con las patitas recogidas y observando el techo con curiosidad.

​La puerta se abrió y Matthias entró. Traía las mangas de su camisa blanca arremangadas hasta la mitad de los antebrazos, dejando al descubierto los trazos oscuros de los tatuajes que le cubrían la piel. Se le notaba el cansancio en la tensión del cuello y en las sombras sutiles bajo sus ojos, pero se movía con esa seguridad pesada que parecía abarcar cada rincón de la habitación. Al verlo entrar, el pequeño mono emitió un chillido ahogado y se acomodó mejor junto a la cadera de Davinna.

​Matthias se acercó sin prisa y se sirvió un vaso de agua de la jarra de cristal que descansaba sobre una mesa baja. No dijo nada durante los primeros segundos; simplemente bebió un trago largo, con la mirada fija en el ventanal que daba a los jardines oscuros.

​Davinna lo observó en silencio, ajustándose la manta sobre los hombros.

​—El médico me confirmó la fecha de la siguiente consulta —dijo ella al fin, rompiendo el silencio con un tono tranquilo—. Será en tres días, por la mañana.

​Matthias se giró despacio. La miró a los ojos, deteniéndose apenas un instante en su vientre antes de volver a sostenerle la mirada. Ansiaba verlo crecer.

​—¿A qué hora es? —preguntó.

​—A las nueve y media.

​—Bien —contestó él de inmediato, dejando el vaso sobre la mesa de madera—. Iré contigo.

​Davinna se quedó helada un segundo. Esperaba que la ignorara, o que tal vez enviara a Elio a acompañarla como solía hacer para cualquier trámite fuera de la casa.

​Lo miró con atención, intentando descifrar si había alguna orden oculta tras sus palabras, pero solo encontró la compostura habitual del hombre. A su manera, dura y autoritaria, Matthias estaba decidiendo estar presente en la vida del bebé.

​Tragó saliva despacio y asintió, aflojando la tensión de los hombros.

​—Está bien.

​Matthias no añadió nada. En lugar de eso, rodeó el sofá con pasos lentos y se detuvo a un par de metros de ella, apoyando una mano en el respaldo de una silla de madera.

​—Veo que tuviste una tarde bastante entretenida con tu futuro cuñado —comentó con una voz helada.

​Davinna parpadeó, descolocada por el giro de la conversación.

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