La pregunta enfureció a Valentino mucho más de lo que tenía derecho a enfurecerlo.
Donatella acercó la boca a su mejilla y dejó varios besos mientras hablaba sobre una prueba del vestido que tenía programada para aquella semana. Valentino apenas la escuchó. Su mente seguía regresando a Davinna y al desconocido que, según Donatella, la tenía pegada a su cuerpo.
—Acaba de surgirme algo, tengo que irme —la interrumpió. Mirnando el celular.
Donatella hizo un puchero.
—Pero acabas de llegar.
—No tardaré.
Le dio un beso rápido y se separó antes de que pudiera seguir reteniéndolo. Se despidió de Carlotta y salió de la casa.
Solo cuando estuvo dentro de su automóvil miró nuevamente el teléfono.
Buscó un contacto y llamó.
—Necesito una dirección.
Escuchó la pregunta del hombre al otro lado.
Valentino miró hacia la casa de los Allen antes de encender el motor.
—La pastelería de Davinna Allen.
...
En el sótano de los Angelini. El hombre llevaba tanto tiempo colgado de cabeza que tenía el rostro completamente rojo.
Matthias permanecía a unos metros de él con las mangas de la camisa remangadas. Había perdido la cuenta de cuántas personas había interrogado durante los últimos dos años.
Dos años. Y seguía sin tener al responsable de la muerte de Leonel.
Aquello era lo único que conseguía sacarlo realmente de control. Podía perder dinero, rutas, cargamentos, hombres. Todo podía recuperarse. Su hermano no.
Una gota de sangre cayó de la nariz del sujeto y terminó en el suelo.
—Se lo juro, don Angelini —balbuceó el hombre—. Yo no estuve ahí. Pregúntele a quien quiera. No sé quién dio la orden. Yo no estuve ahí.
Matthias se quedó observándolo unos segundos.
Otra vez lo mismo.
Rumores. Nombres. Hombres que aseguraban conocer a alguien que conocía a alguien. Durante dos años había seguido cada pista y muchas acababan exactamente de aquella manera.
Se presionó los ojos con el pulgar y el índice.
Estaba cansado.
—De cualquier forma, ya no me sirves —Expuso con la voz mas serena.
El hombre comenzó a suplicar inmediatamente.
Matthias ni siquiera tuvo ganas de escucharlo. Sacó el encendedor de oro del bolsillo y lo abrió.
La pequeña llama apareció.
En una mesa cercana, Sicario dejó de masticar la banana que tenía entre las manos. Sus enormes ojos se fueron directamente hacia el fuego.
Matthias lo vio y sonrió.
—Ven aquí.
Sicario abandonó la banana y corrió hacia él. Matthias cerró el encendedor y se lo arrojó suavemente. El capuchino lo atrapó con ambas manos y corrió hacia el hombre suspendido.
—¡No! ¡No, por favor!
Matthias ya caminaba hacia la puerta, cuando Sicario se sentó cerca del hombre y comenzó su juego favorito.

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