—¡Matthias! ¡Esta es la mesa del comedor! —exclamó ella entre jadeos, conteniendo un grito cuando los dedos largos y calientes de él se deslizaron de inmediato entre sus muslos, encontrándola completamente empapada y temblando por el contacto inesperado.
—Lo sé, pastelito. La compré yo —contestó con absoluta tranquilidad, mientras se desabrochaba el pantalón y liberaba su erección dura y palpitante—. Y ahora mismo vas a disfrutarla conmigo.
Sin dejarla replicar, Matthias se metió entre sus piernas, hundiendo dos dedos largos en el interior de su se-xo apretado mientras su boca devoraba sus labios en un beso salvaje. Davinna arqueó la espalda sobre la mesa, con los cubiertos tintineando ligeramente a su alrededor, y se aferró con desesperación a sus hombros. Él aceleró el ritmo de sus dedos, frotando su clítoris con una presión experta que la hizo perder el aliento.
—¡Matthias... ah, Dios..! —suplicó ella, sintiendo cómo las olas de un orgasmo violento y eléctrico se acumulaban en la base de su vientre.
—Correte para mí —gruñó él en su boca.
Un segundo después, Davinna estalló en un grito ahogado contra sus labios, contrayéndose con fuerza extrema alrededor de sus dedos mientras el orgasmo la sacudía de pies a cabeza. Aprovechando el éxtasis y la sensibilidad desbordada de ella, Matthias retiró los dedos y se empujó hacia adentro de un solo golpe profundo y devastador, llenándola por completo.
—Maldita sea... estás tan caliente, Davinna —siseó el capo, empezando a embestirla con furia y pasión desatada sobre la mesa del comedor. Los golpes de sus caderas eran rítmicos, profundos y brutales, llenando el espacio con el sonido de sus pieles chocando.
Ella gemía su nombre con desesperación, clavando las uñas en su espalda, mientras Matthias la llevaba al límite una vez más hasta vaciarse dentro de ella con un rugido sordo. El capo respiraba con pesadez, besando su frente sudorosa antes de acomodarla con cuidado y ayudarla a arreglarse el vestido.
Ninguno de los dos escuchó que la puerta del comedor comenzaba a abrirse.
Gemma había regresado para recoger una pequeña caja que los ayudantes del chef habían dejado junto al aparador. Entró convencida de que el comedor estaba vacío, pero apenas levantó la mirada se quedó completamente inmóvil. El señor Angelini estaba de pie frente a la enorme mesa, besando a Davinna, que todavía respiraba agitada mientras se acomodaba la falda.
La muchacha abrió los ojos de par en par. Durante un segundo fue incapaz de moverse. Después retrocedió con muchísimo cuidado, y cerró la puerta tan silenciosamente como pudo.
Cuando llegó al corredor, se llevó una mano al pecho y comenzó a caminar hacia la cocina con las mejillas encendidas. Sabía perfectamente que Matthias y Davinna estaban comprometidos y que se querían, pero encontrarlos en aquella situación la había tomado completamente desprevenida. Lo último que necesitaba era que el capo descubriera que había interrumpido uno de sus momentos privados.
Entró en la cocina y se apoyó contra la encimera, intentando recuperar la tranquilidad. Estaba tan distraída que ni siquiera escuchó los pasos de Elio hasta que su voz sonó a pocos metros.
—¿Qué demonios te pasa? —preguntó el guardaespaldas mientras abría el refrigerador y sacaba una botella de agua—. Tienes cara de haber visto un cadáver.
Gemma dio un respingo tan brusco que estuvo a punto de golpearse contra la encimera.

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