A las cinco de la tarde, el comedor principal del Palazzo Angelini había adquirido el aspecto de un restaurante exclusivo. Alessandra había supervisado personalmente la distribución de la vajilla, los cubiertos y las copas, mientras el chef y dos ayudantes terminaban de organizar los platos que presentarían durante la degustación. Davinna observaba los preparativos con entusiasmo, vestida con un cómodo vestido de tono azul pálido que se ajustaba delicadamente bajo su pecho y caía sobre la redondez de su vientre.
Matthias llegó unos minutos después, todavía vestido con la camisa oscura que había utilizado durante la reunión con Claudio. Se detuvo en la entrada del comedor y contempló la mesa, las pequeñas tarjetas con los nombres de los platillos y el considerable número de personas que parecían estar esperando su llegada. Su primera reacción fue preguntarse cuánto tiempo tendría que permanecer allí probando comida, pero entonces descubrió a Davinna conversando animadamente con Alessandra y aquella molestia perdió importancia. Su prometida estaba dedicando una atención extraordinaria a cada detalle de la celebración y, aunque él jamás habría imaginado que terminaría participando en semejantes preparativos, le encantaba verla tan ilusionada por comprometerse con él.
—Preciosa, ¿vamos a elegir el menú o estamos alimentando a todo Palermo? —preguntó mientras se acercaba a Davinna y depositaba un beso en su frente.
—No exageres, Matthi. Son pequeñas porciones para que podamos probar distintas opciones —respondió ella, tomándolo de la mano para conducirlo hacia su asiento—. Quiero que elijamos juntos. No me parece justo que yo decida todo lo relacionado con nuestro compromiso.
Matthias observó su sonrisa y comprendió que cualquier protesta sería inútil. En realidad, tampoco tenía demasiadas ganas de protestar. Davinna estaba organizando una recepción para celebrar que pronto se convertiría en su esposa y parecía genuinamente feliz con cada decisión que tomaban. Aquello despertaba en él una satisfacción difícil de disimular. Se acomodó a su lado, extendió una mano sobre su vientre y acarició suavemente la tela del vestido antes de dirigir su atención hacia Alessandra.
—Muy bien. Sorpréndanme. Pero les advierto que tengo un paladar bastante exigente —comentó con una seriedad que provocó una pequeña sonrisa en Davinna.
La degustación comenzó con a selección de aperitivos. El primero consistía en pequeñas porciones de berenjena asada con queso y una delicada salsa de tomate. Matthias lo probó sin dificultad y reconoció que estaba bastante bien preparado. El segundo incluía una combinación de ingredientes marinos que Davinna encontró deliciosa, pero cuyo aroma provocó que el estómago del capo se contrajera desagradablemente.
Matthias permaneció inmóvil durante unos segundos. Tomó su copa de agua y bebió lentamente, procurando no demostrar que el olor comenzaba a revolverle el estómago.
—Este no —declaró finalmente, apartando discretamente el plato.
Davinna volvió la cabeza hacia él.
—¿No te gustó? A mí me parece delicioso —comentó mientras tomaba otra pequeña porción.
—Entonces puedes comerte el mío. Prefiero que elijamos otra opción para la recepción —respondió Matthias, intentando mantener la expresión indiferente mientras el chef retiraba el plato.
Alessandra tomó nota de la decisión y ordenó presentar el siguiente aperitivo. Matthias consiguió probarlo, aunque apenas había terminado cuando uno de los ayudantes se acercó con una bandeja de pescado acompañado de una salsa aromática. El olor llegó hasta él antes de que el plato tocara la mesa. Sintió una nueva oleada de náuseas y tuvo que respirar lentamente por la boca para controlarla.
—Tampoco quiero ese —anunció, señalando la bandeja antes de que el ayudante pudiera servirle.
El chef pareció desconcertado.
—Señor Angelini, es una de nuestras especialidades. La salsa se prepara con una reducción de vino blanco y...
—No hace falta que me explique la preparación. Prefiero que continuemos con el siguiente —interrumpió Matthias, manteniendo una tranquilidad que no revelaba el malestar que estaba experimentando.
Davinna apoyó una mano sobre su brazo.
—Matthias, al menos podrías probarlo antes de decidir —sugirió, observándolo con cierta curiosidad.

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