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El Heredero del Arrogante Millonario romance Capítulo 140

La habitación de Gemma estaba ordenada cuando ambos entraron. La muchacha dejó el botiquín sobre una pequeña mesa y se volvió hacia Elio, que ya se había acomodado en el borde de la cama con una familiaridad que comenzaba a resultarle irritante.

—Puedes sentarte en la silla —comentó ella mientras abría el botiquín.

—La cama es más cómoda. Además, soy un hombre herido —respondió Elio mientras desabrochaba los primeros botones de su camisa.

Gemma suspiró y se acercó con unas gasas limpias. Elio apartó la tela lo suficiente para mostrarle el vendaje. Cuando ella lo retiró con cuidado, descubrió que la pequeña herida estaba cerrando sin dificultades y que no había señales de sangrado reciente.

—No tienes nada, Elio. Está cicatrizando perfectamente —declaró mientras examinaba la piel que rodeaba el corte.

—¿Estás segura? —preguntó él.

Mientras ella volvía a colocar una gasa limpia, Elio bajó la mirada. El uniforme de Gemma se ceñía a su cuerpo y no pudo evitar fijarse en sus pechos firmes y redondos, adivinando el contorno que la tela ocultaba. Se imaginó liberándolos de esa prenda, acariciándolos y sintiendo su peso en sus manos mientras los devoraba con la lengua. Al bajar la vista un poco más, recorrió con la mente la curva de sus caderas, fantaseando con sujetarla con fuerza por la cintura mientras se hundía en ella sobre la cama. La idea le aceleró la respiración y le tensó la entrepierna.

—Completamente. Ni siquiera parece que te duela —respondió ella mientras guardaba los materiales.

Elio esperó hasta que terminó y, cuando Gemma se disponía a apartarse, le tomó la mano y la condujo hasta su pecho desnudo, justo sobre su corazón.

—¿Y aquí? —preguntó mientras la miraba a los ojos—. ¿No notas nada extraño?

Gemma sintió que las mejillas le ardían. Bajo la palma de su mano percibía la calidez de su piel tensa, el vello fino de su pecho y el ritmo agitado de su corazón. La cercanía del cuerpo de Elio, medio al descubierto frente a ella, provocó un escalofrío que le recorrió el vientre. La tensión entre ambos era densa, cortante y casi palpable, cargada de un deseo mudo que flotaba en el aire de la pequeña habitación.

—¿Qué tendría que notar? —preguntó ella con la voz ligeramente quebrada, sin retirar todavía la mano.

—Que el corazón me está latiendo demasiado rápido. —Elio sonrió de lado mientras se inclinaba despacio hacia ella, rozando con su aliento los labios de la muchacha—. Creo que deberías preocuparte por mí.

Gemma contuvo la respiración. Sus ojos se desviaron involuntariamente hacia la boca de él, sintiendo el impulso irrefrenable de lanzarse a sus brazos. Pero apretó los labios con fuerza, aferrándose al último vestigio de su orgullo profesional.

Gemma señaló la puerta del dormitorio con el mentón, con el pecho agitado por el esfuerzo de mantener la distancia.

—Ya terminé de curarte. Y la herida está perfecta. Así que puedes largarte de mi habitación, Elio.

El guardaespaldas la observó unos segundos más, saboreando el evidente nerviosismo que ella intentaba disfrazar de enojo, antes de ponerse de pie con parsimonia.

—Como mandes, enfermera —replicó con sorna, ajustándose la camisa mientras caminaba hacia la salida.

Cuando la puerta se cerró tras él, Gemma exhaló el aire retenido, apoyando la espalda contra la pared mientras su corazón continuaba martillándole las costillas.

En la otra zona de la residencia, en lo alto de una de las molduras decorativas del salón principal, Sicario se encontraba agazapado en absoluto silencio. El pequeño capuchino sostenía entre sus manos un trozo de la tartaleta de limón que Davinna había preparado para la degustación, comiéndosela con una concentración digna de un rey mientras observaba todo desde arriba..

Abajo, en el centro de la estancia, Matthias terminaba de abrocharse el cinturón del pantalón con movimientos tranquilos, mientras Davinna se acomodaba la ropa con las mejillas todavía sonrojadas por el ardor del encuentro reciente.

Momentos despues Matthias se retiró a la habitación y apareció con una carpeta de cuero negro bajo el brazo. Se había cambiado de camisa.

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