Claudio dejó escapar un suspiro de impaciencia y tomó el documento que su abogado acababa de colocar frente a él. Leyó varias cláusulas antes de levantar nuevamente la mirada. No le agradaba lo que estaba viendo. Había esperado que Matthias exigiera una participación directa en la empresa o que utilizara las acciones como garantía de algún acuerdo comercial, pero descubrir que todo quedaría a nombre de Davinna resultaba mucho más humillante. Su hija menor, aquella a la que durante años había considerado incapaz de comprender los negocios familiares, se convertiría en propietaria de la mitad de Allen Holdings.
—Esto es absurdo. Davinna no tiene experiencia administrando una empresa de esta magnitud —declaró Claudio mientras dejaba los documentos sobre el escritorio—. No sabe absolutamente nada de nuestras operaciones ni de los compromisos que tenemos con los inversionistas.
La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Matthias. Se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos sobre el escritorio, observando a Claudio con una frialdad que consiguió que el hombre guardara silencio.
—Mi futura esposa levantó una pastelería sin recibir un maldito centavo de tu parte. La convirtió en un negocio rentable mientras tú y el resto de tu miserable familia se dedicaban a menospreciarla. —Matthias señaló los documentos con dos dedos—. Tú, en cambio, estás sentado aquí porque no has sabido proteger tu propia empresa. Yo tendría bastante cuidado antes de cuestionar su capacidad.
—Una pastelería no puede compararse con Allen Holdings —replicó Claudio, aunque su voz había perdido parte de la firmeza inicial.
—Tienes razón. —Matthias recuperó una sonrisa desagradable mientras se recostaba nuevamente en el sillón—. Mi pastelito consiguió sacar adelante su negocio sin que nadie tuviera que salvarle el culo. No puedo decir lo mismo de ti.
Francesco intervino antes de que Claudio respondiera. Explicó que la documentación había sido revisada por los equipos legales y que las disposiciones destinadas a proteger la participación de Davinna no afectarían las operaciones ordinarias de la empresa. Claudio conservaría su participación restante, pero tendría que aceptar que su hija adquiriera derechos reales sobre la mitad de las acciones. Cualquier intento posterior de perjudicarla mediante operaciones fraudulentas tendría consecuencias contractuales y legales.
—Quiero dejar algo claro —añadió Matthias cuando Francesco terminó—. No estoy comprando estas acciones para administrarlas en nombre de Davinna. Serán suyas. Ella decidirá qué hacer con ellas, a quién contratar y si desea participar personalmente en la dirección de la empresa. Tú no volverás a tratarla como si fuera una empleada a la que puedes despedir cuando te dé la gana.
Claudio observó los documentos durante varios segundos. Finalmente tomó la pluma que su abogado le ofrecía y comenzó a firmar. Matthias siguió cada movimiento con una satisfacción descarada, esperando hasta que el último documento quedó sobre el escritorio para levantarse y acercarse al pequeño bar situado junto a los ventanales.
—Excelente. Creo que esto merece una celebración —anunció mientras servía una medida de whisky en dos vasos—. ¿Qué dices, suegrito? ¿Brindamos por nuestra maravillosa relación familiar?
—No quiero beber contigo —respondió Claudio, incorporándose bruscamente mientras su abogado comenzaba a guardar los documentos.

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