La mañana siguiente comenzó con una discusión en el dormitorio principal de los Angelini.
Davinna permanecía frente al vestidor, intentando cerrar el último botón de una blusa blanca que hasta hacía unas semanas le quedaba perfectamente. Había probado otras dos prendas sin conseguir sentirse cómoda y comenzaba a sospechar que pronto tendría que renovar buena parte de su guardarropa. Su vientre había adquirido una redondez que ya resultaba imposible disimular, aunque aquello no le molestaba tanto como la idea de permanecer encerrada en la residencia mientras otras personas se ocupaban de su pastelería.
Matthias la observaba desde la cama, apoyado contra las almohadas, con el cabello negro desordenado y una expresión de profundo desagrado. Había despertado con náuseas nuevamente y el olor del café que alguien había llevado al dormitorio terminó por arruinarle el humor.
—¿Adónde demonios vas tan temprano, pastelito? —preguntó mientras apartaba la taza que descansaba sobre la mesita, procurando alejarla lo suficiente para dejar de percibir aquel aroma.
—A La Dolce Vite. —Davinna consiguió cerrar el botón y se volvió hacia él, acomodándose la blusa sobre el vientre—. Hace varios días que no voy y necesito revisar algunas cosas. Además, quiero preparar personalmente unas muestras de postres para Alessandra.
Matthias frunció el ceño.
—Puedes pedir que traigan todo lo que necesites. No tienes que pasar la mañana de pie en una cocina —replicó mientras se incorporaba lentamente, deteniéndose cuando una nueva oleada de náuseas le revolvió el estómago.
Davinna lo observó con una mezcla de preocupación y diversión.
—Matthi, ¿te encuentras bien? —preguntó, acercándose a la cama para acariciarle la frente.
—Perfectamente. —Matthias cerró los ojos cuando ella le apartó algunos cabellos de la frente—. Solamente necesito que alguien saque ese maldito café de mi habitación.
Davinna soltó una pequeña risa antes de recoger la taza y dejarla en el corredor. Cuando regresó, encontró a Matthias buscando su teléfono.
—Voy a llamar a Elio para que prepare la camioneta —anunció él, levantándose finalmente—. Y quiero que regreses antes del almuerzo.
—Matthias, no necesito que me impongas un horario —protestó Davinna, cruzándose de brazos mientras lo observaba caminar hacia el vestidor.
El capo se detuvo y volvió la cabeza.
—Entonces procura no darme razones para hacerlo, preciosa —respondió con una sonrisa descarada antes de acercarse y depositarle un beso en los labios—. Y no cargues nada pesado. Si descubro que estuviste moviendo sacos de harina, voy a cerrar esa maldita pastelería.
—¡No te atreverías!
—Ponme a prueba.
Davinna lo contempló indignada, aunque Matthias parecía disfrutar demasiado provocándola. Antes de que pudiera responder, él le acarició el vientre y volvió a besarla, esta vez con una ternura que contrastaba con sus amenazas.
—Cuida a mi hijo, pastelito. Y cuídate tú —murmuró contra sus labios.
...
Gemma se encontraba en la cocina cuando recibió la noticia de que acompañaría a Davinna a la pastelería. Había pasado parte de la mañana intentando convencerse de que lo ocurrido durante la noche no tenía ninguna importancia. Elio había entrado por su ventana porque necesitaba ayuda, ella le había curado una herida y después él se había marchado. Nada más.
Sin embargo, cada vez que recordaba al guardaespaldas sentado sobre su cama, con la camisa abierta y aquella sonrisa insolente, sentía un calor absurdo en las mejillas.
—Gemma, ¿estás lista? —preguntó Davinna al entrar en la cocina, acomodándose el bolso sobre el hombro.
—Sí, señorita. Solamente estaba terminando de guardar algunas cosas —respondió mientras cerraba una pequeña bolsa con recipientes que utilizarían para transportar las muestras.
Davinna observó su expresión.
—¿Dormiste bien? Pareces cansada.
Gemma estuvo a punto de atragantarse con su propia saliva.
—Perfectamente, señorita. ¿Por qué lo pregunta? —contestó mientras evitaba mirarla directamente.
—Porque tienes unas ojeras terribles.
Antes de que Gemma pudiera inventar una explicación, Elio apareció en la entrada.
Llevaba su habitual traje negro, perfectamente acomodado, y mantenía aquella expresión seria que parecía formar parte de su uniforme. Nada en su apariencia permitía sospechar que pocas horas antes había entrado por la ventana de una empleada con la camisa ensangrentada.
—La camioneta está preparada, señorita Allen —informó mientras dirigía una breve mirada hacia Gemma.
Ella sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Gracias, Elio —respondió Davinna, tomando su bolso antes de dirigirse hacia la salida.
Gemma se apresuró a seguirla, pero cuando pasó junto al guardaespaldas, él se inclinó apenas hacia ella.
—Buenos días, Gemma —murmuró con una tranquilidad que consiguió irritarla.

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