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El Heredero del Arrogante Millonario romance Capítulo 134

—Tuve un pequeño inconveniente —explicó mientras se pasaba una mano por el cabello y observaba nuevamente la ventana.

—¿Qué pasó? —preguntó Gemma, observando con preocupación la mancha de sangre que se extendía por un costado de su camisa.

Elio soltó un suspiro. Aquella noche había estado a punto de follar con una mujer hermosa que conoció en un club. Habían intercambiado algunas miradas, compartido un par de copas y terminado conversando con suficiente confianza para que ella lo invitara a su casa. Elio no había encontrado motivos para rechazarla. La mujer era atractiva, parecía saber lo que quería. Sin embargo, apenas habían comenzado a besarse en el dormitorio cuando escucharon abrirse la puerta principal. El marido había regresado antes de lo previsto y, por supuesto, encontró a su esposa con otro hombre.

La situación se complicó rápidamente. El desconocido comenzó a gritar, insultó a su mujer y después se lanzó contra Elio con un cuchillo que había tomado de la cocina. El guardaespaldas consiguió esquivar el primer ataque, pero la hoja le alcanzó un costado cuando intentaba apartarlo. Aquello bastó para que considerara seriamente la posibilidad de romperle el cuello. Podía hacerlo sin demasiadas dificultades, aunque después tendría que ocuparse también de la esposa, que había presenciado todo, y eliminar cualquier evidencia que pudiera relacionarlo con ambas muertes. Demasiado trabajo por una mujer con la que ni siquiera había conseguido acostarse. Prefirió golpear al marido lo suficiente para quitárselo de encima y abandonar la propiedad antes de que llegara alguien más.

El verdadero inconveniente apareció cuando regresó al Palazzo Angelini. Había varios guardias vigilando los accesos y su camisa ensangrentada llamaría inmediatamente la atención. Cualquier herida sufrida por uno de los hombres encargados de proteger a la futura esposa del capo debía ser reportada, especialmente después de los recientes enfrentamientos. Francesco exigiría explicaciones y Matthias probablemente querría saber quién había tenido la osadía de atacar a uno de sus hombres. Elio no estaba dispuesto a provocar semejante escándalo por una pelea de faldas. Mucho menos a presentarse ante el capo para explicarle que casi había terminado asesinando a un marido celoso.

Por eso había rodeado la residencia buscando una entrada discreta. La primera ventana abierta que encontró pertenecía a Gemma y, sin detenerse a considerar las consecuencias, decidió utilizarla.

—Tuve un asunto personal —respondió finalmente, mientras examinaba la herida y comprobaba que había dejado de sangrar tanto—. No seas tan curiosa, Gemma.

Ella frunció el ceño, evidentemente insatisfecha con aquella explicación.

—Pues tu asunto personal parece haberte dejado un agujero en el costado —replicó, señalando la sangre antes de cruzarse de brazos—. Y ahora estás en mi habitación, asustándome a estas horas.

—Un rasguño, nada más. —Elio intentó restarle importancia mientras se acomodaba la camisa, aunque el movimiento le provocó una punzada que consiguió hacerlo apretar los dientes—. Dame un trapo limpio para quitarme esta m****a y me iré antes de que alguien descubra que estoy aquí.

Gemma observó su expresión y negó con la cabeza. Aquel hombre podía ser uno de los guardaespaldas más temidos y eficientes de los Angelini, pero en ese momento se comportaba como un niño empeñado en ocultar que se había lastimado.

—Siéntate, Elio. Voy a curarte —ordenó, señalando el borde de la cama mientras se dirigía hacia el pequeño baño.

Él la siguió con la mirada y terminó obedeciendo. No había imaginado que aquella noche acabaría sentado en la habitación de una empleada, esperando que le limpiara una herida provocada por el marido de una desconocida.

Hasta aquella noche nunca había observado a Gemma con demasiada atención.

Sabía que trabajaba en la residencia desde hacía años, que era eficiente y que últimamente pasaba bastante tiempo atendiendo las necesidades de Davinna. Sus obligaciones apenas coincidían antes de la llegada de la joven, y cuando comenzaron a hacerlo, Elio estaba demasiado concentrado en la seguridad como para prestar atención a las empleadas.

Gemma tampoco era el tipo de mujer que acostumbraba a llamar su atención.

Siempre llevaba uniforme, utilizaba poco maquillaje y mantenía el cabello cuidadosamente recogido. No era fea, desde luego, pero tampoco había encontrado razones para observarla más de lo necesario.

Hasta aquella noche.

Porque, mientras ella se inclinaba para limpiar la herida, Elio descubrió dos cosas.

La primera era que Gemma tenía unos ojos extraordinariamente bonitos, de una tonalidad cálida que nunca había distinguido bajo la iluminación de los corredores.

La segunda era que aquella bata de dormir, aunque bastante ridícula por su longitud y su diseño anticuado, no conseguía ocultar el tamaño considerable de sus pechos. Sus pechos grandes y firmes se marcaban con tentadora provocación bajo la tela, y a Elio se le cruzó un pensamiento brutal por la cabeza: imaginárselos al desnudo, libres, rebotándole en la cara mientras la tomaba por las caderas y la follaba sin piedad hasta sacarle los gemidos más descarados. La sola imagen le provocó una punzada de calor que le puso dura la entrepierna.

Y, para empeorar las cosas, cada movimiento que realizaba mientras lo atendía provocaba un ligero balanceo bajo la tela.

Elio bajó la mirada.

Joder.

No había reparado jamás en aquello.

Gemma estaba demasiado concentrada en desinfectar el corte como para darse cuenta de dónde se encontraba la atención del guardaespaldas.

—Vas a sentir un poco de ardor —advirtió mientras acercaba una gasa limpia.

Elio apenas escuchó.

Su mirada continuaba peligrosamente entretenida. Imaginando el color de sus pezones.

—Elio.

Él levantó la cabeza.

—¿Qué?

Gemma frunció el ceño.

—Te pregunté si te dolía.

—No —respondió con la voz más ronca.

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