—¡Matthias Angelini! —exclamó Davinna, sintiendo que el calor le subía a las mejillas mientras él comenzaba a caminar hacia la cama.
—Me encanta cuando pronuncias mi nombre completo. —El capo soltó una risa grave antes de inclinarse y besarla apasionadamente.
Davinna terminó correspondiendo al beso, aferrándose a su cuello mientras Matthias la acomodaba sobre el colchón con toscos modos que apenas pudo controlar. Él se inclinó sobre ella, apartando las fotografías de los vestidos antes de volver a buscar sus labios.
Sin darle espacio para respirar, Matthias le rasgó la parte superior del conjunto de dormir, dejando sus pechos erizados e hinchados por el embarazo al descubierto. Davinna dejó escapar un ahogado jadeo de sorpresa, pero el calor que emanaba de su centro se intensificó al instante. Matthias no perdió tiempo: devoró uno de sus pezones con la boca, succionándolo con fuerza mientras su mano grande bajaba para arrancar la prenda inferior.
Se desabrochó el pantalón con brusquedad, liberando su erección gruesa, rígida y completamente venosa. Posicionó la punta sobre la entrada mojada y tibia de Davinna y se hundió en ella de una sola estocada feroz y profunda.
—¡Ah! ¡Matthi…! —gritó Davinna, arqueando la espalda violentamente contra las sábanas, agarrándose con uñas y dientes a la espalda musculosa del capo.
Matthias empezó a follarla con ritmo salvaje, rápido e implacable, haciendo que los gemidos de ella retumbaran en las paredes del dormitorio. Cada embestida golpeaba hasta el fondo de su sexo, apretando sus caderas con posesividad absoluta mientras el sonido carnal de sus cuerpos chocando dominaba la habitación. Davinna no tardó en venirse ruidosamente, contrayéndose en oleadas de éxtasis salvaje alrededor del miembro de Matthias, lo que provocó que él soltara un rugido y se vaciara profundamente dentro de ella con varias estocadas violentas.
Por primera vez en todo el día, las malditas náuseas parecían haber desaparecido.
…
Las habitaciones destinadas al personal se encontraban en la parte baja y trasera del Palazzo Angelini, alejadas de los dormitorios principales y comunicadas con las zonas de servicio mediante un corredor independiente. Eran espacios cómodos, aunque considerablemente más modestos que las habitaciones utilizadas por la familia, y permitían que los empleados descansaran sin necesidad de abandonar la propiedad.
Gemma llevaba casi una hora acostada cuando escuchó el primer ruido.
Se había puesto una bata de dormir que le llegaba hasta los tobillos y un gorro ridículo de tela que utilizaba para mantener el cabello recogido durante la noche. No era precisamente una prenda favorecedora, pero cumplía perfectamente su función y, hasta aquel momento, jamás había considerado necesario preocuparse por su aspecto mientras dormía.
El segundo ruido llegó desde la ventana.
Gemma levantó la cabeza.
Al principio pensó que podía tratarse de alguna rama golpeando el cristal, pero después distinguió un movimiento junto a las cortinas.
¡Por dios!
Se incorporó de inmediato.
La ventana estaba abriéndose.
Durante un segundo permaneció completamente inmóvil, intentando comprender quién demonios podía estar entrando en su habitación a aquellas horas. Después buscó desesperadamente algo con lo que defenderse y encontró un cepillo de cabello sobre la mesita.
Lo sujetó con ambas manos.
Si alguien pretendía robarle, al menos iba a llevarse un buen golpe.
Una figura masculina terminó de introducirse por la ventana.
Gemma abrió la boca para gritar, pero el desconocido cruzó la habitación con rapidez y le cubrió la boca antes de que pudiera emitir un solo sonido.
—¡Mmm!
—¡Soy yo, maldita sea! —susurró el hombre mientras la sujetaba por los hombros, intentando impedir que comenzara a golpearlo—. ¡Gemma, soy Elio!
Ella abrió los ojos.
Elio.
El guardaespaldas de Davinna.

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