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El Heredero del Arrogante Millonario romance Capítulo 132

El Palazzo Angelini permanecía iluminado cuando Matthias regresó aquella noche. Había dejado a Francesco encargado de los últimos asuntos relacionados con Devora y, durante el trayecto, había recibido dos llamadas que resolvió con instrucciones breves. No tenía intención de dedicar un minuto más a los muertos. La investigación sobre Lo Sciacallo continuaría y Cesare Morello permanecería bajo vigilancia, pero por aquella noche solamente quería encontrar a Davinna, quitarse la maldita ropa y acostarse junto a ella.

La encontró en el dormitorio principal, sentada sobre la cama con varias fotografías de vestidos extendidas a su alrededor. Llevaba un conjunto de dormir color rosa pálido y tenía el cabello recogido en una trenza que descansaba sobre uno de sus hombros. Al escuchar la puerta, levantó la cabeza y le dedicó una sonrisa que desapareció cuando Matthias se acercó para besarla.

Davinna arrugó la nariz y se apartó ligeramente.

—¿Qué es ese olor? —preguntó mientras volvía a acercar el rostro a su camisa, convencida de que no se había equivocado. Era una fragancia femenina, demasiado dulce y completamente diferente al perfume que Matthias utilizaba habitualmente.

El capo frunció el ceño.

—¿Qué olor, pastelito? —respondió mientras intentaba rodearle la cintura, sin comprender por qué aquella mujer había decidido recibirlo examinándole la ropa.

—Perfume de mujer, Matthias. —Davinna apoyó una mano sobre su pecho para mantenerlo a cierta distancia y levantó la mirada hacia él—. ¿De dónde vienes?

Matthias dejó escapar un resoplido.

Joder.

Durante toda su vida había entrado y salido de sus propiedades sin ofrecer explicaciones a nadie. Había pasado noches enteras fuera, regresado al amanecer y llevado mujeres a su cama sin que una sola persona se atreviera a preguntarle dónde había estado. Ahora tenía a una pequeña pastelera embarazada que parecía dispuesta a matarlo por el olor de su camisa.

Y lo peor era que, por alguna razón que prefería no analizar demasiado, no le molestaba tanto como debería.

—Estuve en un club privado resolviendo algunos asuntos —explicó mientras le apartaba suavemente la mano del pecho—. Había mujeres, sí. Pero tranquila, preciosa, no me follé a ninguna.

Davinna abrió los ojos con indignación.

—¿Y por qué carajos apestas a prostituta?

La sonrisa de Matthias se amplió ante lo que percibió como celos.

—No he tocado a ninguna mujer desde que decidiste convertir mi vida en un maldito matrimonio antes de casarnos.

—¡Yo no decidí nada! —protestó Davinna, aunque sus manos terminaron apoyadas sobre los hombros de Matthias cuando él la acomodó entre sus piernas.

—Por supuesto que no, pastelito. —El capo sonrió con descaro antes de inclinarse hacia su cuello—. Ahora deja de hacer preguntas. He tenido suficiente por hoy.

Davinna estaba a punto de responder cuando sintió que él hundía el rostro junto a su garganta y respiraba profundamente. Matthias cerró los ojos, disfrutando del aroma suave del jabón que ella utilizaba y de aquella fragancia ligeramente dulce que parecía haberse impregnado en su piel.

Olía condenadamente bien.

Nada que ver con el perfume asqueroso de la mujer del club, cuyo recuerdo todavía conseguía revolverle el estómago. Davinna, en cambio, tenía un aroma que últimamente parecía aliviar sus molestias. Había descubierto que permanecer cerca de ella le resultaba mucho más agradable que cualquier otra cosa, especialmente durante aquellas horas en las que su cuerpo insistía en comportarse como si fuera él quien llevaba al bebé.

—Hueles delicioso —murmuró contra su cuello mientras depositaba un beso debajo de su oreja y deslizaba una mano por su espalda.

Davinna intentó conservar su expresión seria.

—Todavía estoy enojada contigo.

—Lo sé, preciosa. —Matthias volvió a besarla, completamente indiferente a aquella advertencia—. Pero puedes seguir enojada mientras hago lo propio antes de follarte.

Ella soltó una pequeña risa a pesar de sus esfuerzos por evitarlo.

—Eres imposible.

—Y tú demasiado hermosa para desperdiciar la noche discutiendo por una mujer a la que ni siquiera recuerdo haber visto antes —replicó él, levantando la cabeza para observarla.

Davinna entrecerró los ojos.

—¿Entonces cómo terminó su perfume en tu camisa?

Matthias suspiró.

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