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El Heredero del Arrogante Millonario romance Capítulo 131

La advertencia quedó suspendida entre ambos.

Cesare comprendió que Matthias no estaba intentando intimidarlo para conseguir alguna concesión. Había expresado una sentencia cuya ejecución dependía únicamente de lo que descubriera durante su investigación.

—No tendrás motivos para utilizarla —respondió finalmente, levantándose también.

Matthias lo observó unos segundos más.

—Por tu bien, espero que tengas razón.

Morello inclinó ligeramente la cabeza. No extendió la mano ni intentó despedirse con una cordialidad que ninguno de los dos habría considerado sincera. Simplemente recogió su abrigo y caminó hacia la salida, acompañado por sus hombres.

No miró atrás.

Había conseguido lo que buscaba.

La alianza continuaría y su organización no pagaría por los errores de Devora.

Su hija, en cambio, tendría que asumir las consecuencias.

…

Matthias llegó a la antigua residencia Angelini unas horas después.

Durante el trayecto no había hablado demasiado. Francesco le había informado sobre algunos movimientos relacionados con la investigación de Claudio Allen, pero el capo había escuchado sin realizar más preguntas. Su atención continuaba concentrada en la conversación con Morello y en la facilidad con la que aquel hombre había renunciado a su propia hija.

No sentía compasión por Devora.

Había traicionado la confianza de su familia, intentado drogarlo y puesto en peligro a Davinna. Además, conocía demasiado sobre los Angelini para permitirle abandonar aquella casa.

Su utilidad como garantía frente a Cesare había terminado.

Y Matthias no tenía intención de seguir alimentando a una prisionera que ya no podía proporcionarle ninguna ventaja.

Francesco lo acompañó hasta las habitaciones de seguridad.

—¿Está seguro de que quiere hacerlo personalmente? —preguntó mientras descendían las escaleras.

Matthias no redujo el paso.

—Es un asunto familiar.

El consigliere no insistió.

Cuando abrieron la puerta, Devora estaba sentada sobre la cama. Tenía el rostro cansado y el cabello recogido de cualquier manera. Había pasado los últimos días esperando noticias de su padre, convencida de que Cesare no permitiría que los Angelini la mantuvieran prisionera indefinidamente. El peso que había perdido era considerable.

Había pasado hambre, y también fue sometida a diferentes tipos de tortura mientras el capo decidía cuanto tiempo más prolongaba su agonía.

Se levantó inmediatamente al ver a Matthias.

—¿Qué sucede? —preguntó, mirando primero al capo y después a Francesco.

Matthias entró sin responder. Observó la habitación y se detuvo frente a ella, mientras los hombres que lo acompañaban permanecían cerca de la puerta.

—Acabo de reunirme con tu padre —informó, introduciendo una mano en el bolsillo de su pantalón.

La expresión de Devora cambió.

—¿Mi padre? —repitió, acercándose un paso—. ¿Qué te dijo? ¿Va a sacarme de aquí?

Matthias la contempló con absoluta indiferencia.

—No.

Devora frunció el ceño.

—No entiendo.

—Cesare ha decidido que no vale la pena arriesgar sus negocios por ti —respondió Matthias, observando cómo aquella afirmación comenzaba a borrar la esperanza de su rostro—. Me ha dado libertad para hacer lo que considere necesario contigo.

Ella negó inmediatamente.

—Eso es mentira —dijo con la voz quebrada. Las manos temblorosas mientras veía en los ojos del capo la resolución que había tomado.

Matthias no se molestó en discutir.

—Tu padre está más preocupado por conservar su organización y asegurar el futuro de tu hermano que por recuperar a una hija que ha dejado de resultarle útil.

Devora retrocedió lentamente.

—No. Él jamás permitiría que me mataras —insistió, aunque su voz había perdido parte de la seguridad inicial.

—Entonces deberías haberlo conocido mejor.

Las lágrimas aparecieron en sus ojos.

Devora había crecido comprendiendo que su apellido representaba poder, protección y obligaciones. Sabía que su padre no era un hombre afectuoso, pero jamás había imaginado que pudiera entregarla de aquella manera. Había aceptado casarse con Leonel porque Cesare se lo había pedido. Había cumplido con las expectativas de su familia durante años y, aun después de enviudar, continuaba creyendo que los Morello jamás permitirían que alguien la tratara como una mujer sin apellido.

—Yo hice todo lo que él quiso —murmuró, llevándose una mano al pecho mientras las primeras lágrimas descendían por sus mejillas—. Me casé con Leonel. Permanecí aquí. Nunca le pedí nada...

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