El encuentro se celebraría en un club privado situado a las afueras de Palermo, una propiedad que no pertenecía a ninguna de las organizaciones involucradas y cuya neutralidad llevaba décadas siendo respetada por las familias más importantes de Sicilia. Allí se habían negociado treguas, intercambiado prisioneros y resuelto disputas que, en cualquier otro lugar, habrían terminado con varios cadáveres. Las reglas eran sencillas: los hombres podían acudir acompañados por sus escoltas, pero las armas debían permanecer bajo custodia del personal de seguridad y ninguna agresión estaba permitida dentro del establecimiento. Romper aquel acuerdo significaba enfrentarse no solamente al propietario, sino a todas las familias que garantizaban su cumplimiento.
Matthias Angelini llegó poco después de las ocho de la noche, acompañado por Francesco y cuatro hombres de confianza. Había conseguido controlar las náuseas durante la tarde, aunque todavía experimentaba cierta incomodidad cuando percibía olores demasiado intensos. Aquello no había mejorado su humor. Tampoco la llamada de Cesare Morello, que había tenido la insolencia de terminar la conversación sin esperar una respuesta.
El club ocupaba una extensa propiedad rodeada de jardines, fuentes y terrazas iluminadas. En su interior, los salones combinaban mármol oscuro, maderas nobles y enormes ventanales que permitían contemplar los terrenos. Había una zona de restaurante, varias salas privadas y un salón principal donde los hombres más poderosos de Sicilia podían beber, fumar y disfrutar de compañía femenina sin preocuparse por los periodistas o las miradas indiscretas.
Matthias conocía perfectamente aquel lugar.
Durante años había sido uno de sus establecimientos favoritos.
Había cerrado negocios importantes entre aquellas paredes y compartido noches con mujeres cuyos nombres apenas recordaba. Nunca había fingido ser un hombre interesado en relaciones sentimentales. Disfrutaba del sexo, de la compañía femenina y de la libertad que le proporcionaba no tener que rendir explicaciones a nadie.
Sin embargo, las cosas habían cambiado.
Y lo comprobó apenas atravesó el salón principal.
—Señor Angelini, qué agradable sorpresa.
Una mujer alta, de cabello rubio y vestido negro ajustado, se acercó con una sonrisa que dejaba bastante claras sus intenciones. Matthias reconoció vagamente su rostro. Recordaba haberla visto en el club durante alguna de sus visitas anteriores, aunque no habría podido decir cuándo.
La mujer en cambio, sí que lo recordaba, ¿Cómo podía olvidar al hombre que alguna vez la folló como ninguno?
—Buenas noches —respondió sin detenerse, observando de reojo a Francesco, que ya estaba hablando con el encargado de seguridad.
La mujer interpretó aquella respuesta como una invitación para acercarse todavía más.
—Hace mucho que no lo veíamos por aquí —comentó mientras colocaba una mano sobre su pecho, acariciando lentamente la tela de su camisa—. Pensé que se había olvidado de nosotras.
Matthias bajó la mirada hacia aquella mano.
Hubo un tiempo en que habría disfrutado de semejante atención. No tenía sentido negarlo. Muchas mujeres habían pasado por su cama y jamás había considerado necesario disculparse por ello. Pero ahora tenía a una pequeña pastelera de ojos verdes que demandaba toda su atención, ocupaba su cama y llevaba a su hijo en el vientre.
Y la idea de que otra mujer lo tocara le resultó profundamente desagradable.
Su expresión se endureció de inmediato.
Si Davinna llegaba a verlo permitiendo que una desconocida le acariciara el pecho, probablemente le cortaría aquella mano.
Quizá a ambos.
El pensamiento estuvo a punto de divertirlo, hasta que el perfume de la mujer llegó a su nariz. Era una fragancia dulce, excesivamente intensa, que consiguió revolverle el estómago con una rapidez insultante.
Maldita sea.
Matthias la sujetó por la muñeca y apartó su mano con suficiente fuerza para borrar inmediatamente la sonrisa de su rostro.
—No vuelvas a tocarme, si deseas conservar tus manos —advirtió, inclinándose ligeramente hacia ella mientras mantenía los dedos cerrados alrededor de su muñeca.

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