El consigliere parpadeó. Gemma se llevó una mano a la boca.
—¡Dios mío! ¿El señor está enfermo?
Francesco miró hacia la puerta cerrada.
—Eso parece.
—Voy a llamar al médico.
—Espere un momento.
Matthias regresó poco después.
Tenía el rostro ligeramente pálido y una expresión de profundo mal humor. Se había lavado la cara y llevaba los primeros botones de la camisa desabrochados.
Su mirada se dirigió inmediatamente hacia la mesa.
—¿Por qué demonios sigue eso aquí?
Gemma reaccionó.
—¡Perdón, señor!
Retiró los platos con tanta rapidez que estuvo a punto de derramar el café.
Francesco observó a su jefe mientras volvía a sentarse.
—¿Se encuentra bien?
—Perfectamente.
El consigliere bajó los ojos hacia el desayuno que Gemma estaba retirando.
—Con todo respeto, acaba de vomitar por culpa de unos huevos.
Matthias lo fulminó con la mirada.
—Como vuelvas a mencionar los malditos huevos, voy a hacer que te los comas crudos.
Francesco cerró lentamente la carpeta.
—Entendido.
Gemma salió del despacho procurando no hacer ruido.
Matthias tomó un vaso de agua y bebió un sorbo.
El estómago todavía le daba vueltas.
Maldita sea.
Había soportado heridas de bala, fracturas, intoxicaciones y semanas enteras sin descansar adecuadamente. No recordaba haberse sentido tan miserable por algo tan insignificante como el olor de un desayuno.
Francesco lo observó con discreción.
—Quizá debería consultar a un médico.
—Quizá deberías concentrarte en tu trabajo.
Hubo unos segundos de silencio.
Después Francesco volvió a hablar.
—Mi hermana tuvo síntomas similares durante su embarazo.
Matthias levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué?
—Náuseas. Sensibilidad a los olores. Cambios de apetito... Y de humor.
—¿Que estás insinuando?
Francesco mantuvo una expresión perfectamente seria.
—Nada. Solamente recordé que algunos hombres presentan síntomas asociados al embarazo de sus parejas. Creo que lo llaman síndrome de Couvade.
Matthias lo observó como si acabara de perder la razón y se recostó contra el respaldo de su silla.
Aquello era ridículo.
Absolutamente ridículo.
Su cuerpo no podía estar reaccionando al embarazo de Davinna.
Ella era quien llevaba al bebé.
Él solamente había participado en la parte más agradable del proceso.
—Continúa con el informe —ordenó.
Francesco bajó la mirada hacia sus documentos.
La conversación continuó durante casi una hora.
Matthias revisó los primeros informes financieros de Claudio, autorizó que Francesco iniciara contactos discretos con determinados acreedores y ordenó que cualquier operación relacionada con Valentino fuera examinada antes de permitir que afectara el patrimonio familiar.
No estaba dispuesto a intervenir para salvar al marido de Donatella.
Si aquel imbécil quería arruinarse, podía hacerlo.
Pero no utilizaría el dinero de Davinna para conseguirlo.
—Quiero que nuestros abogados preparen una estructura que permita separar las acciones de Davinna de las obligaciones personales de Claudio y de cualquier deuda de su hermana —indicó—. También quiero saber si existen garantías cruzadas entre las sociedades del grupo.
Francesco tomó algunas notas.
Momentos después Matthias pasó a la siguiente carpeta. Para abordar un tema todavía más importante. El compromiso.
Francesco levantó la cabeza.
—He hablado con el personal encargado de organizar eventos. Están esperando instrucciones sobre la fecha y el número de invitados.
—Es una celebración importante —declaró el capo con orgullo.
—¿Cuántas personas?
—Las necesarias para que toda Sicilia se entere de que Davinna Allen será mi esposa.
Francesco permaneció callado durante unos segundos.
—¿Desea una ceremonia íntima antes del anuncio público?
Matthias frunció el ceño.
—Acabo de decirte que quiero que toda Sicilia se entere.
—Me refería a si la señorita Davinna preferiría algo más discreto.
—Davinna tendrá todo lo que quiera.
Francesco bajó lentamente la mirada hacia sus documentos.
—Como ordene. Aunque quizá sería conveniente preguntarle a la señorita Davinna antes de reservar una catedral.
Matthias abrió la boca para responder.
Pero una nueva oleada de náuseas lo obligó a cerrarla.
Se quedó inmóvil.
Francesco lo observó con creciente preocupación.
Maldito embarazo.
No.
Maldito desayuno.
...
Davinna había despertado poco después de que Matthias abandonara la habitación.
En realidad, había sentido su beso sobre la frente y escuchado aquellas palabras que él creyó pronunciar mientras ella dormía.
Había permanecido inmóvil hasta que escuchó cerrarse la puerta.

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