Sicario depositó el anillo en la palma de su mano.
Después retrocedió rápidamente hasta colocarse detrás de Davinna, como si buscara protección.
Ella no consiguió contener la risa.
Matthias examinó el anillo y después dirigió una mirada fulminante al mono.
—Algún día vas a conseguir que pierda la paciencia contigo.
Sicario respondió enseñando nuevamente los dientes.
Davinna continuaba riéndose.
Pero su sonrisa se desvaneció poco a poco cuando él se acercó y tomó su mano, dejando que la tensión del momento disolviera las risas en el aire.
—Matthias... —murmuró ella, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba al ver la intensidad con la que la miraba. Entonces le colocó la joya.
Sin decir una sola palabra más, Matthias la sujetó de la cintura con una fuerza imponente, sentándola sobre su regazo mientras se acomodaba en el sofá. El muslo duro y caliente de él quedó presionado contra la parte interna del de ella, y antes de que Davinna pudiera protestar por el movimiento, Matthias le separó las rodillas con firmeza.
Se deslizó por debajo del dobladillo de su vestido, metiendo las manos grandes entre sus muslos. Al tocar la suavidad de su piel y rozar la tela delgada de su ropa interior empapada de deseo, Matthias soltó un ronco gruñido de necesidad.
—Matthias... Sicario nos está mirando... —jadeó ella, intentando agarrarse de sus hombros mientras la corriente eléctrica del tacto de sus dedos comenzaba a devorarla.
—Que mire —siseó él contra su boca, antes de devorarle los labios en un beso salvaje.
Mientras la besaba con una desesperación hambrienta, metió dos dedos largos por debajo de la tela y la penetró sin preámbulos, encontrándola empapada, hirviendo y temblando para él. Davinna ahogó un grito agudo directamente en su boca, arqueando la espalda contra el respaldo del sofá a medida que las embestidas rítmicas y profundas de sus dedos la empujaban al borde del abismo.
—No soy un hombre cursi. No sé hacer discursos románticos y, francamente, nunca he tenido demasiado interés en hacerlo.
Davinna se retorció sobre su regazo, con las mejillas encendidas y la respiración rota por el placer que la masacraba por dentro.
—¡Ah... Matthias... para...! —suplicaba ella a medias, con las uñas clavadas en los músculos de sus brazos. Y el brillo de la joya compitió con el de sus ojos.
—Soy más de hechos que de palabras —continuó él con una frialdad excitante, frotando su pulgar con fuerza contra su clítoris hurgando simultáneamente en sus profundidades—. Cuando quiero algo, voy por ello. Cuando hago una promesa, la cumplo. Y cuando decido proteger a alguien, no permito que nada ni nadie se interponga.
—¡Dios... me voy a venir... Matti...! —gritó ella, perdiendo el control por completo y contrayéndose con violencia alrededor de los dedos de su hombre, derramándose en un orgasmo devastador que la hizo morderle el hombro para no gritar más fuerte.
Matthias respiró con la misma pesadez, y sacó la mano de entre sus piernas, observando el brillo de su deseo antes de besar sus labios.
Después sujetó la mano de Davinna y observó la joya. Era una pieza elegante, con un diamante central de tamaño considerable rodeado por pequeñas piedras que parecían multiplicar su brillo.
Davinna se quedó sin aliento, aun temblando por las secuelas del orgasmo.
—Vamos a comprometernos, Davinna. Y cuando llegue el momento, te convertirás oficialmente en la señora Angelini. En mi regina.
Davinna sintió que el corazón le latía con fuerza.
Había imaginado muchas veces cómo sería escuchar una propuesta de matrimonio, pero nunca se le habría ocurrido que un hombre pudiera anunciarlo de aquella manera, con los rastros del placer aún frescos entre ambos.
Y, sin embargo, había algo profundamente conmovedor en la manera en que Matthias la miraba.
No había vergüenza en sus ojos.
Ni dudas.

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