—Francesco se encargará de su pago. Y recibirán una compensación por lo ocurrido.
Matthias tomó su mano.
—Según mi experiencia, las mujeres disfrutan ir de compras.
Davinna levantó lentamente una ceja.
—¿Sabes mucho de mujeres?
Había una nota de molestia en su voz que Matthias identificó inmediatamente.
La observó durante unos segundos y después sonrió con descaro.
—No tanto, de la que realmente quiero saber. Esa lleva a mi hijo en el vientre y parece disfrutar llevándome la contraria.
Davinna intentó mantener el ceño fruncido.
No lo consiguió.
Matthias entrelazó sus dedos con los de ella y comenzó a conducirla hacia la salida.
—Vamos a comprar algunas cosas para nuestro hijo.
Ella lo miró sorprendida.
Hasta ese momento había evitado comprar demasiadas cosas. Todavía faltaban meses para el nacimiento y, aunque había comenzado a entusiasmarse cada vez más con su hijo, no había tenido tiempo de organizar nada.
…
La primera tienda a la que entraron estaba ubicada en una de las zonas comerciales más exclusivas de la ciudad. Davinna se detuvo frente a los escaparates, sorprendida por la cantidad de ropa diminuta, cunas elegantes y pequeños muebles cuidadosamente distribuidos entre tonos crema, azul y blanco.
Matthias la observaba más a ella que a los productos.
Le agradaba verla recuperar poco a poco el entusiasmo. La tristeza que había oscurecido sus ojos comenzaba a desaparecer, reemplazada por una expresión de ternura cada vez que descubría algo que imaginaba utilizando su hijo.
—Mira esto —murmuró Davinna, tomando un pequeño conjunto de algodón blanco—. Es diminuto.
Matthias se acercó.
—Nuestro hijo no va a ser diminuto.
Ella mostró una sonrisa.
—Todos los recién nacidos son pequeños, Matthias.
—Los Angelini no tenemos nada pequeño.
—Por Dios, ni siquiera ha nacido y ya estás presumiendo de su tamaño.
Matthias sonrió.
—Es mi hijo.
Davinna negó con la cabeza, divertida, antes de continuar examinando la ropa.
Escogió algunos conjuntos, mantitas suaves y pequeños gorros que le parecieron adorables. Cada vez que intentaba devolver algo a su lugar porque consideraba que era demasiado caro, Matthias se encargaba de añadirlo a la compra.
Al cabo de media hora, una de las empleadas se acercó discretamente.
—Señor Angelini, ¿desea que preparemos también los muebles de la colección que estuvo observando?
Davinna volvió inmediatamente la cabeza.
—¿Qué muebles?
Matthias señaló una elegante cuna de madera clara.
—También agreguen el cambiador y la cómoda.
Continuaron recorriendo varias tiendas durante las siguientes horas. Davinna terminó escogiendo una pequeña colección de ropa, mantas, juguetes y algunos muebles que deseaba utilizar en la habitación del bebé. Matthias insistió en comprar un enorme oso de peluche que casi alcanzaba la altura de ella, convencido de que su hijo lo necesitaría.
—¿Y dónde piensas poner eso? —preguntó Davinna cuando vio a uno de sus hombres cargando el oso.
—En su habitación.
—¡Va a ocupar media habitación!
—Entonces le daremos una más grande.
Davinna terminó riéndose tanto que tuvo que detenerse para recuperar el aliento.
Fue mientras descansaban en un pequeño salón privado de una de las tiendas cuando ocurrió algo que ninguno esperaba.
Davinna estaba sentada junto a Matthias, mostrándole unos diminutos zapatos azules que acababa de escoger.
Matthias dejó los zapatos sobre la mesa y apoyó una mano sobre su vientre.
—¿Y tú qué opinas, pequeño Angelini? ¿Te gustan todas las cosas que está comprando tu madre?
Davinna sonrió. Pero su sonrisa desapareció cuando sintió una pequeña presión en el interior del vientre.
Se quedó inmóvil.
Matthias levantó la cabeza.
—¿Qué sucede?
Ella llevó una mano hacia el lugar donde había sentido aquel movimiento.
—Espera...
—¿Te duele algo?
—No. Creo que...
Volvió a sentirlo.
Un movimiento suave, casi como un pequeño aleteo.
Davinna abrió los ojos con sorpresa.
—Matthias, creo que se movió.
Él permaneció completamente inmóvil.
Davinna tomó su mano y la colocó sobre la curva de su embarazo.

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