Donatella observó al pequeño capuchino con una expresión de desprecio. Sicario continuaba acomodado entre los brazos de Davinna, con la cabeza apoyada contra su pecho y una inocencia que resultaba difícil de creer después de haber intentado apropiarse de un encendedor para utilizarlo contra ella.
—¡Por supuesto! ¡Ahora también el maldito mono es una víctima! —exclamó Donatella, soltando una carcajada amarga—. ¡Siempre tienes que llamar la atención, Davinna! ¡No soportas que alguien más sea el centro de todo! ¡Desde pequeñas has hecho lo imposible por conseguir que todos te miren!
Davinna levantó lentamente la cabeza.
Durante unos segundos se limitó a observar a su hermana, preguntándose cómo era posible que continuara comportándose de aquella manera después de todo lo ocurrido. Donatella tenía el maquillaje corrido, el cabello desordenado y todavía temblaba por el miedo que había sentido cuando Matthias le apuntó con una pistola. Sin embargo, parecía incapaz de abandonar aquella necesidad enfermiza de hacerla sentir inferior.
—Qué curioso que digas eso —respondió Davinna, acariciando distraídamente la espalda de Sicario—. Porque, si alguien ha pasado toda su vida intentando quitarme lo poco que tenía, has sido tú.
Donatella frunció el ceño.
—¿De qué demonios estás hablando?
—De todo, Donatella. De las cosas que rompías cuando éramos niñas porque no soportabas que yo tuviera algo bonito. De las veces que mentiste para conseguir que mamá me castigara. De cómo necesitabas demostrarme constantemente que tú eras la favorita. Y, por supuesto, de Valentino.
La expresión de Donatella cambió inmediatamente. Y la de Matthias también. Detestando la idea de que ese nombre fuera pronunciado en la boca de Davinna.
—¡Yo no tengo la culpa de que Valentino me prefiriera a mí! —replicó, levantando la barbilla—. ¡No puedes obligar a un hombre a enamorarse de ti cuando tiene delante a una mujer mucho mejor!
Davinna soltó una risa incrédula.
—¿Todavía crees que me importa?
—¡Claro que te importa! ¡Por eso no soportas verme feliz con él!
—Donatella, puedes quedártelo. No me importa que Valentino esté contigo, son igual de despreciables. Si tanto lo querías, felicidades. Es todo tuyo.
La tranquilidad con la que pronunció aquellas palabras pareció irritar todavía más a su hermana. Y enorgullecieron al capo.
—¡No tienes que fingir que no te duele!
—No estoy fingiendo. Hace mucho tiempo que dejé de quererlo. Y, sinceramente, después de conocer al hombre que tengo a mi lado, me resulta bastante difícil entender por qué alguna vez lloré por alguien como Valentino.
Matthias arqueó ligeramente una ceja.
Davinna no lo miró, pero él tuvo que contener una sonrisa. Le agradaba escucharla hablar de aquella manera, especialmente porque sabía cuánto había sufrido cuando su antiguo prometido la abandonó por Donatella.
Aunque no podía sentir empatía, cuando claramente le había hecho un hijo gracias a la traición de ese hijo de puta.
—¡Eres una maldita arrogante! —escupió su hermana.
—Y tú eres una zorra.
Sicario, quien había tomado otro encendedor de sabría dios donde. Saltó hacía Donatella y le prendió fuego en el cabello.
Carlotta dio un paso hacia ellas. Alterada al ver el humo que expulsaba la cabeza de su hija.
—¡Ayuda! ¡Se quema! ¡Hagan algo!
Claudio le echó su saco encima, por fortuna la flama aún era bastante débil para causar un daño mayor. Algo que no disfrutó el capuchino, quien había imaginado un gran incendio. Sin embargo, varios mechones de Donatella quedaron chamuscados.
Carlotta abrazó con fuerza a su hija mayor y Davinna la observó con una tristeza que ni siquiera intentó ocultar.
Por un instante había esperado que su madre comprendiera algo de cuanto acababa de decir. Que recordara alguna de aquellas ocasiones en las que Donatella había conseguido hacerla llorar. Que reconociera, aunque fuera una sola vez, que también había cometido errores con ella.
Pero Carlotta seguía mirando únicamente a su hija favorita.
Y Davinna comprendió que no tenía sentido continuar.

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