—Podemos discutir una participación menor —propuso con cautela—. Estoy dispuesto a reconocer a Davinna como accionista. Podría entregarle un diez por ciento y establecer un fondo para su hijo.
Matthias lo miró con una expresión casi divertida.
—¿Diez por ciento?
—Es una participación considerable.
—Para ti, quizá.
—Matthias...
—Cincuenta, Allen. No estoy regateando el precio de un maldito automóvil.
Claudio apretó la mandíbula. La sola idea de entregar la mitad de su patrimonio a Davinna le resultaba insoportable. Sin embargo, no podía ignorar a los tres hombres muertos en el suelo ni la pistola que Matthias acababa de guardar.
Mientras los hombres continuaban negociando, Sicario decidió que había llegado el momento de ocuparse de sus propios asuntos. El pequeño capuchino, que hasta entonces había permanecido cerca de Davinna, descendió silenciosamente del mostrador y se acercó a uno de los guardias de Matthias. El hombre estaba demasiado pendiente de la conversación para darse cuenta de que una pequeña mano peluda se introducía en el bolsillo de su pantalón.
Sicario extrajo un encendedor metálico.
Lo examinó con evidente satisfacción y después dirigió sus ojos oscuros hacia Donatella.
Aquella mujer había agredido a Davinna, había gritado y había intentado golpearla. Para el mono, aquello era motivo suficiente para considerarla una enemiga. Y aunque no parecía tener una idea demasiado clara de cómo funcionaba el encendedor, comenzó a manipularlo mientras observaba con insistencia los mechones despeinados de Donatella.
Davinna observó el movimiento y frunció ligeramente el ceño. Conocía demasiado bien aquella expresión traviesa de Sicario.
—¿Y qué garantía tengo de que, si acepto, dejarás tranquila a mi familia? —preguntó Claudio.
La sonrisa desapareció del rostro del capo.
—La garantía de que todavía estás respirando.
Claudio tragó saliva.
—Necesitaré tiempo para consultar con mis abogados.
—Tendrás cuarenta y ocho horas para presentar una propuesta formal de transferencia. Mis abogados revisarán cada documento antes de que se firme nada. Y quiero una relación completa de las sociedades que forman parte de Allen Holdings. Nada de participaciones ocultas, empresas subsidiarias convenientemente olvidadas ni movimientos de última hora para reducir el patrimonio.
Claudio sintió una desagradable presión en el estómago.
—No puedes exigirme acceso a toda mi información financiera.
—Acabas de hacerlo tú mismo al ofrecerme negociar.
Matthias se acercó un paso.
—Y escucha bien esta parte, porque es la más importante. No quiero que transfieras activos, vendas propiedades ni comprometas participaciones de la empresa mientras se prepara el acuerdo. Cualquier operación extraordinaria tendrá que ser informada a mis representantes.
Claudio lo observó con creciente desconfianza.
—Eso significaría permitir que tus hombres supervisaran mis negocios.
—Exactamente.
—No puedo aceptar semejante intromisión.
—Entonces no tenemos nada más que hablar.
Matthias hizo un movimiento hacia el interior de su saco.
Carlotta soltó un grito ahogado y Donatella se aferró inmediatamente al brazo de su padre.
—¡Espera! —exclamó Claudio—. ¡Por favor, espera!
El capo se detuvo.
—Estoy escuchando.
Claudio cerró los ojos durante un instante. Sabía que estaba cediendo demasiado, pero necesitaba sacar a su esposa y a su hija de aquella pastelería antes de que cometieran otra estupidez.
—Aceptaré que nuestros abogados estudien la transferencia —respondió finalmente—. Y que tus representantes revisen la documentación necesaria para realizarla.
—Mucho mejor.
Matthias volvió a acomodarse el saco.
Había conseguido lo que quería por el momento. No necesitaba que Claudio firmara nada delante de todos. Le bastaba con obligarlo a sentarse a negociar y abrir las puertas de Allen Holdings a una revisión exhaustiva.

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