El auto negro se detuvo despacio junto a la banqueta, justo a unos pasos de la entrada de la pastelería. Davinna bajó de inmediato, respirando el aire fresco de la calle y sintiendo una oleada de alivio al reencontrarse con su rutina. Detrás de ella, Elio Caruso cerró la puerta del vehículo ajustando las solapas de su chaqueta. Elio era un hombre alto, bastante serio, que vestía un traje oscuro sin una sola arruga y se movía con una discreción impecable. Siguió a Davinna hacia el interior del local y, sin decir palabra, caminó hacia una mesa pequeña ubicada junto al ventanal. Se acomodó de tal forma que podía vigilar la puerta y el mostrador con total claridad, manteniendo una distancia respetuosa para no estorbar el flujo de trabajo.
Chiara, que estaba limpiando la barra de cristal con un trapo húmedo, se quedó inmóvil al ver entrar a su amiga acompañada por semejante hombre. Se le abrió la boca del asombro y el trapo se le resbaló de los dedos mientras seguía los pasos del escolta con la mirada.
—¿Y ese hombre quién es? —murmuró Chiara en cuanto tuvo a Davinna lo bastante cerca, inclinándose sobre el mostrador con los ojos bien abiertos.
Davinna soltó un largo suspiro de cansancio mientras tomaba su delantal y se lo ataba a la cintura con un nudo firme.
—Es mi guardaespaldas —respondió en voz baja, evitando voltear hacia la mesa de Elio.
Chiara dejó escapar una risa entre nerviosa e incrédula, cruzándose de brazos.
—A ver, Davinna... Primero te desapareces durante horas sin decir nada, luego regresas actuando raro y ahora apareces a trabajar con un tipo que parece sacado de una película. Cada vez estoy más convencida de que te secuestraron de verdad.
—Anda, deja de decir tonterías y vamos a la cocina —la cortó Davinna, tomándola del brazo para empujarla hacia la parte trasera, huyendo de las explicaciones. Mientras Chiara volteaba a ver al hombre que era demasiado intimidante.
Al cruzar la puerta, el aire cálido empapado de aroma a vainilla, harina y mantequilla la recibió como un abrazo conocido. El sonido habitual de los recipientes de acero, la batidora girando a ritmo constante y el peso familiar de la manga pastelera entre sus manos le devolvieron de golpe esa serenidad que la mansión le había arrebatado. Mientras decoraba una tanda de galletas con trazos de glaseado, volvió a sentirse cómoda, en control de sus propios movimientos. La pastelería seguía siendo su espacio, su refugio, lo que de verdad amaba hacer.
El campanilleo sobre la puerta principal rompió la tranquilidad de la cocina. En la mesa junto a la ventana, Elio enderezó la espalda y fijó la mirada en la persona que acababa de entrar.
Davinna salió de la cocina secándose las manos en un paño y se frenó en seco al ver a la visitante junto al mostrador. Su hermana Donatella, llevaba puesto un vestido entallado de color crema que le caía ajustado al cuerpo. A Davinna no le tomó ni dos segundos reconocer la prenda: era una de las tantas cosas que había dejado en el clóset de la casa familiar.

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