Donatella dejó escapar un sollozo. Había comenzado a comprender que aquel hombre no estaba intentando intimidarla para conseguir una disculpa. Matthias Angelini la observaba con una frialdad que le resultaba imposible soportar, mientras sus dedos continuaban aprisionándole la muñeca. Intentó buscar ayuda en su padre, pero Claudio permanecía inmóvil, con el rostro desencajado y la mirada fija en el hombre que tenía delante.
—¡Matthias, por favor! —intervino Carlotta, avanzando un paso—. ¡Está lastimando a mi hija! ¡Ella no sabía que Davinna era tan importante para usted!
Matthias volvió lentamente la cabeza hacia ella.
—¿Y eso debería importarme?
Carlotta abrió la boca, desconcertada por la pregunta.
—Lo que quiero decir es que todo esto ha sido un malentendido. Davinna siempre ha tenido un carácter difícil y...
—Termina esa frase —la interrumpió Matthias—. Te estoy dando la oportunidad de terminarla.
Carlotta enmudeció.
Había algo profundamente inquietante en la tranquilidad con la que aquel hombre hablaba. No necesitaba levantar la voz para conseguir que todos permanecieran pendientes de sus movimientos.
—¡No tiene derecho a tratarnos así! —intervino Donatella, intentando recuperar algo de dignidad a pesar de las lágrimas—. ¡No puede venir aquí y amenazarnos solamente porque se está acostando con mi hermana!
Matthias la observó durante varios segundos.
Después la soltó.
Pero no lo hizo con delicadeza. La apartó de un empujón tan brusco que Donatella perdió el equilibrio y terminó cayendo contra su padre. Claudio consiguió sujetarla antes de que golpeara el suelo, aunque apenas tuvo tiempo de incorporarla cuando escuchó un sonido que conocía demasiado bien.
El seguro de una pistola.
Matthias había sacado su arma.
Y estaba apuntando a la cabeza de Donatella.
—¡NO! —gritó Carlotta, llevándose ambas manos al pecho.
Donatella quedó paralizada.
La boca se le abrió, pero durante unos segundos no consiguió emitir ningún sonido. Sus ojos permanecieron fijos en el arma mientras Claudio la sujetaba por los hombros, comprendiendo que cualquier movimiento equivocado podía empeorar la situación.
—¡Angelini! —exclamó, levantando una mano—. ¡Baja esa pistola! ¡Por el amor de Dios, es mi hija!
—Y Davinna también lo es.
Aquellas cinco palabras consiguieron que Claudio se quedara sin respuesta.
Matthias avanzó un paso. Sus hombres permanecían distribuidos por el establecimiento, vigilando cada movimiento de los Allen. Ninguno parecía sorprendido por lo que estaba ocurriendo.
—Tu hija acaba de intentar golpear a una mujer embarazada —continuó Matthias, sin apartar el arma de Donatella—. A la mujer que lleva a mi hijo. Y por lo que estoy viendo, en esta maldita familia tienen la costumbre de levantarle la mano cuando algo no les gusta.
—¡Fue Davinna quien me golpeó primero! —intervino Carlotta, desesperada—. ¡Soy su madre y tengo derecho a corregirla!
Matthias giró lentamente la cabeza.
—¿Tú le hiciste eso en la cara?
Carlotta se quedó inmóvil.
Sus ojos viajaron involuntariamente hacia la mejilla enrojecida de Davinna.
—Yo... solamente intentaba hacerla entrar en razón.
—Te hice una pregunta.

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