Carlotta retrocedió tambaleándose, llevándose una mano a la mejilla. Durante unos segundos permaneció inmóvil, incapaz de comprender que Davinna acababa de devolverle la bofetada. Jamás había ocurrido algo semejante. Durante años, su hija había soportado sus reproches, sus humillaciones y los constantes favoritismos hacia Donatella sin atreverse a levantarle la voz de aquella manera. Pero ahora la tenía delante, embarazada, con los ojos llenos de lágrimas y una expresión de furia que no reconocía.
—¡¿Cómo te atreves?! —gritó Carlotta, recuperándose de la sorpresa—. ¡Soy tu madre, maldita desagradecida! ¡Te voy a enseñar a respetarme!
Volvió a levantar la mano, decidida a golpearla nuevamente, pero esta vez no consiguió hacerlo. Unos dedos fuertes se cerraron alrededor de su muñeca antes de que pudiera descargar la bofetada. Elio había entrado en la pastelería al escuchar los gritos y, al encontrar a Carlotta con la mano levantada frente a Davinna, reaccionó inmediatamente. Le apartó el brazo con un movimiento brusco y se interpuso entre ambas, obligándola a retroceder varios pasos.
—No vuelva a atreverse a ponerle una mano encima a la señorita Allen —ordenó con una frialdad que hizo que las empleadas guardaran silencio—. Ni una sola vez más, señora. ¿Me ha entendido?
—¡Suéltame, animal! —chilló Carlotta, intentando recuperar el equilibrio mientras Elio soltaba finalmente su muñeca—. ¡¿Quién demonios te crees que eres para tocarme?! ¡Voy a hacer que te arresten!
Elio no respondió a la amenaza. Se volvió ligeramente hacia Davinna y descubrió la marca rojiza que comenzaba a extenderse por su mejilla. Su expresión se endureció. Matthias le había confiado la seguridad de aquella mujer y del hijo que esperaba, y apenas había transcurrido una hora desde que salieron del Palazzo Angelini cuando alguien había conseguido agredirla dentro de su propio negocio.
—Señorita Davinna, ¿está bien? ¿Le ha hecho daño en alguna otra parte? —preguntó, manteniéndose lo suficientemente cerca para impedir que Carlotta volviera a aproximarse.
Davinna negó con la cabeza, aunque le costaba controlar la respiración. Tenía los ojos húmedos y la mejilla ardiendo, pero lo que más le dolía no era el golpe. Era recordar la expresión de desprecio con la que su madre había señalado su vientre y llamado bastardo al hijo que llevaba dentro.
—Estoy bien, Elio. Solo quiero que se marche. No quiero volver a verla aquí —respondió, llevándose una mano al brazo donde todavía sentía la presión de los dedos de Carlotta.
—¡No voy a ninguna parte hasta que me devuelvas el dinero que le robaste a tu padre! —intervino Carlotta, recuperando su habitual arrogancia—. ¡Y tú, maldito gorila, más te vale apartarte antes de que haga que te metan en prisión!
Elio sacó el teléfono sin apartar los ojos de ella. Estaba a punto de comunicarse con los hombres que vigilaban el exterior cuando la puerta principal se abrió violentamente.
—¡Mamá!
Donatella entró primero, seguida por Claudio y tres hombres de seguridad. Habían llegado pocos minutos después de Carlotta, pero se habían detenido al otro lado de la calle cuando Claudio recibió una llamada relacionada con la investigación del dinero desaparecido. Los gritos que comenzaron a escucharse desde la acera hicieron que Donatella se adelantara, y lo primero que encontró fue a su madre sujetándose una muñeca mientras un hombre corpulento permanecía frente a Davinna.
—¡¿Qué está pasando aquí?! —exclamó, acercándose rápidamente a Carlotta—. ¡Mamá, por Dios! ¿Qué te hizo ese hombre?
Carlotta no desperdició la oportunidad. Levantó el brazo que Elio había sujetado y mostró la piel enrojecida alrededor de la muñeca, exagerando una mueca de dolor.
—¡Ese salvaje me atacó! ¡Me retorció el brazo y casi me lo rompe! —gritó, señalando a Elio antes de volver su mirada hacia Davinna—. ¡Y tu hermana acaba de golpearme! ¡A mí, que soy su madre! ¡Mira lo que me hizo esa maldita desagradecida!
—¡¿Le pegaste a mamá?! —chilló Donatella, volviéndose hacia Davinna con los ojos desorbitados—. ¡Eres una maldita enferma! ¡Después de todo lo que ha hecho por ti, tienes el descaro de levantarle la mano!

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