—Esa malagradecida… —murmuró, recordando las discusiones que había mantenido con Davinna antes de echarla de casa—. Después de todo lo que hicimos por ella, todavía tiene el descaro de robarnos.
Claudio levantó una mano, intentando impedir que su esposa comenzara a gritar antes de tener alguna prueba.
—No sabemos si fue Davinna. Voy a revisar las cámaras y averiguar quién entró en mi despacho. Si descubrimos que ella tuvo algo que ver, tendrá que responder por cada centavo —respondió con dureza.
Pero Carlotta ya había tomado una decisión.
No necesitaba esperar los resultados de ninguna investigación para enfrentarse a la hija que, según ella, había traicionado la confianza de su familia.
...
Davinna llegó a La Dolce Vite poco antes de las diez de la mañana. Elio estacionó frente al establecimiento y descendió primero para comprobar los alrededores. Dos vehículos de seguridad permanecieron a cierta distancia, tal como Matthias había prometido, y ninguno de los hombres hizo intento alguno por entrar en la pastelería antes que ella. Elio los miró y ordenó que se quedaran afuera. Él también lo hizo.
Sicario estaba tan emocionado que apenas consiguió permanecer quieto mientras Davinna lo ayudaba a bajar. Llevaba su pequeño chaleco de cuero y observaba la entrada con evidente impaciencia, como si recordara perfectamente que allí siempre encontraba personas dispuestas a consentirlo.
—Compórtate, ¿entendido? Nada de robar fruta ni meterte en la cocina mientras estoy trabajando —le advirtió Davinna, levantando un dedo frente a su pequeño rostro antes de abrir la puerta.
El capuchino soltó un sonido que ella decidió interpretar como una promesa.
Sin embargo, apenas entraron, Davinna comprendió que algo no estaba bien.
Chiara permanecía detrás del mostrador con una expresión tensa. Una de las empleadas había dejado de acomodar los pasteles y miraba hacia la puerta que comunicaba con la cocina, mientras otra sostenía una libreta sin saber aparentemente qué hacer con ella.
Davinna frunció el ceño.
—¿Qué sucede? ¿Por qué tienen esas caras? —preguntó, acercándose al mostrador mientras Sicario trepaba a una de las sillas.
Chiara abrió la boca para responder, pero una voz conocida llegó desde el interior del establecimiento.
—¡Quiero saber cuánto costó este horno y quién autorizó su compra! ¡Y que alguien me explique de dónde salió el dinero para esa vitrina! ¡No pienso marcharme hasta revisar cada maldito recibo!
Davinna se quedó inmóvil.
Reconocería aquella voz en cualquier lugar.
Carlotta Allen.
Su madre estaba dentro de su cocina.
Sin pedir permiso.
Y por el tono con el que hablaba, llevaba bastante tiempo interrogando a sus empleadas.
Davinna sintió que la indignación comenzaba a subirle por el pecho. Había pasado meses trabajando para levantar aquel negocio, soportando jornadas interminables y sacrificando prácticamente todo lo que tenía. La Dolce Vite era su refugio, el único lugar que había conseguido construir sin depender de los Allen, y ahora Carlotta había tenido el descaro de entrar para comportarse como si también le perteneciera.
—Señora Allen, ya le explicamos que no podemos mostrarle los documentos de la pastelería sin autorización de Davinna —intervino Chiara, intentando recuperar el control de la situación.
Pero Carlotta apareció en la puerta de la cocina antes de que terminara de hablar. Llevaba un elegante conjunto de diseñador, el cabello perfectamente peinado y una carpeta llena de anotaciones bajo el brazo. Había estado revisando las facturas que encontró sobre una mesa de trabajo y todavía sostenía una hoja donde alguien había anotado las cantidades de ingredientes utilizados durante la semana.
—¡Por supuesto que pueden mostrármelos! —replicó, avanzando hacia el mostrador sin haber advertido todavía la presencia de Davinna—. Mi marido acaba de descubrir que falta una cantidad considerable de dinero de nuestra casa y esta pequeña ingrata aparece de repente con maquinaria nueva. No se necesita ser muy lista para comprender que algo no encaja.
—Entonces quizá deberías empezar por comprender que estás entrando en un negocio que no te pertenece —intervino Davinna, obligándola a detenerse.
Carlotta volvió la cabeza.
Durante unos segundos la observó con una expresión de sorpresa que desapareció rápidamente bajo una indignación todavía mayor. Davinna permanecía junto al mostrador, con el bolso colgado del hombro y una mano apoyada instintivamente sobre su vientre. El vestido de punto que llevaba se ajustaba a sus nuevas curvas y dejaba perfectamente visible el embarazo de más de cuatro meses que ya no podía disimular.
Carlotta bajó lentamente la mirada.

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