Valentino llevaba varios días comportándose de una manera extraña. Había comenzado a recibir llamadas que atendía lejos de ella, salía de casa con excusas cada vez menos convincentes y, lo que resultaba todavía más preocupante, había dejado de utilizar algunas de sus tarjetas bancarias. Al principio Donatella había supuesto que se trataba de dificultades temporales relacionadas con sus negocios, pero aquella mañana descubrió que el problema era mucho mayor.
—¿Cómo que no puedes pagarla? —preguntó, dejando sobre la mesa la factura de una joyería mientras observaba a su marido con incredulidad—. Valentino, encargué ese collar hace tres semanas. Me prometiste que lo pagarías antes de que llegara y ahora me dices que no tienes dinero disponible.
Valentino se pasó una mano por el cabello, visiblemente irritado. Había construido una imagen de empresario exitoso que comenzaba a resultarle demasiado costosa de mantener. Algunas de sus inversiones habían fracasado, tenía préstamos pendientes y varios hombres empezaban a exigirle pagos que ya no podía seguir aplazando. Sin embargo, no estaba dispuesto a reconocer delante de Donatella que gran parte de la fortuna que presumía nunca había existido realmente.
—Te dije que tengo algunos problemas de liquidez, no que estemos arruinados. Necesito mover dinero de unas cuentas y resolver ciertos asuntos con mis socios. Si dejaras de gastar como si cada maldita semana fuera tu cumpleaños, quizá no tendría que explicártelo tantas veces —respondió con brusquedad, apartando la factura.
Donatella abrió los ojos, ofendida. Jamás había aceptado que un hombre le hablara de aquella manera y mucho menos Valentino, que había pasado meses prometiéndole una vida de lujos cuando todavía intentaba conquistarla.
—No me casé contigo para que comenzaras a reprocharme lo que gasto. Me dijiste que eras un hombre rico, Valentino. Me prometiste una casa más grande, viajes y todo lo que quisiera. Si ahora resulta que no puedes cumplirlo, será mejor que encuentres una solución antes de que mi padre descubra el desastre en el que te has metido —replicó, cruzándose de brazos.
Valentino la observó durante unos segundos. Había contado con que su matrimonio le permitiría acercarse a los negocios de Claudio Allen, pero el hombre todavía se mostraba demasiado cuidadoso cuando se trataba de entregarle responsabilidades importantes. Necesitaba dinero y lo necesitaba pronto. Por eso, en lugar de continuar discutiendo, suavizó ligeramente la expresión y se acercó a Donatella.
—Precisamente tu padre puede ayudarnos. Allen Holdings mueve cantidades enormes de dinero todos los meses. No estoy hablando de pedirle una fortuna, solamente necesitamos disponer de una parte durante unas semanas. Después la devolveremos y nadie tendrá por qué enterarse —explicó, tomándole las manos mientras intentaba recuperar el tono encantador que había utilizado durante su noviazgo.
Donatella frunció el ceño. Sabía que Claudio era extremadamente cuidadoso con las cuentas de la empresa y que no permitiría semejante movimiento sin exigir explicaciones. Sin embargo, tampoco quería admitir que su matrimonio comenzaba a tambalearse por problemas económicos.
—Mi padre no te dará dinero solamente porque se lo pidas. Ya ha invertido bastante en nuestros planes y no pienso humillarme delante de él para resolver tus estupideces —respondió, aunque no retiró las manos.
Valentino se inclinó ligeramente hacia ella.
—No tienes que pedirle nada. Conoces la casa, sabes dónde guarda sus documentos y tienes acceso a lugares donde ningún empleado puede entrar. Solo necesitamos conseguir el dinero sin que lo note. Cuando mis inversiones comiencen a producir ganancias, lo devolveremos todo —insistió, observando atentamente su reacción.
Donatella permaneció callada. La idea de tomar dinero de su propio padre era arriesgada, pero Valentino llevaba días asegurándole que aquella situación era temporal. Además, estaba convencida de que tarde o temprano heredaría parte de la fortuna Allen. Desde su perspectiva, utilizar una pequeña cantidad por adelantado no era tan grave como él pretendía hacerle creer.
—Si hacemos esto y mi padre se entera, será tu responsabilidad —advirtió finalmente, mirándolo con severidad.
Valentino sonrió y le acarició la mejilla.
—No se enterará, cariño. Te lo prometo.

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